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jueves, 11 de febrero de 2016

Salas: castillo, camino y monasterio.

Salas, puerta de Occidente

Que un lugar tan discreto y poco conocido se atribuya el nombre de Puerta de Occidente puede parecer como poco pretencioso, teniendo en cuenta que Salas, a vista de pájaro, está más cerca del fin de la tierra (Finisterre) que del principio de nada. Pero todo es cuestión de perspectiva y cuando se habla de Salas, puerta de Occidente nos referimos, como no, al Occidente asturiano, que para nuestros intereses no hay más importante ni relevante. Veamos porqué.

Entre dos Asturias

Como todas las puertas, y esto ya lo sabían los romanos con su dios de dos caras Jano, Salas es principio y fin  de dos lugares que se dan la mano en ella: las Asturias de Oviedo y las Asturias de Tineo. Hay que recordar una vez más que esta distinción, lejos de ser baladí, hace referencia a una realidad mucho más antigua de lo que se pueda pensar, pues los limites entre ambas Asturias las marcaron ya las tribus astures, estando los Lugones en la zona centro (Asturias de Oviedo) y los Pesicos en el Occidente (Asturias de Tineo).
Salas se encuentra justo en la confluencia de ambas, atravesada de parte a parte por el Camino Primitivo a Santiago y bañada al sur por el río Narcea que la separa de Belmonte de Miranda, siguiendo el curso río abajo se llega a la confluencia de éste con el Nalón, río arriba se adentra en la montaña asturiana, en este sentido también se sitúa Salas entre la Asturias del mar y la de la montaña.

Microcosmos

Además de ese Camino Primitivo que la atraviesa, en la historia medieval de Salas se dan cita casi todos los elementos que definen el periodo. Tenemos un monasterio de renombre e importancia, Cornellana; tenemos castillo, el de la propia Salas; tenemos puebla medieval, que nació alrededor del castillo; y tenemos familia noble del lugar, los Lamuño. Por supuesto son demasiados grupos de poder en un espacio tan pequeño, Salas se vio sacudida de lleno por los conflictos sociales típicos de la edad media; señores contra monasterios, poblas contra señores, monasterios contra poblas... y entre tantos dimes y diretes los peregrinos iban y venían por el camino después de haber visitado el Salvador en la Sancta Ovetensis.

Historia

Desde antiguo los humanos poblaron el paisaje de Salas. Y se quedaron, bajo tierra, en los túmulos de las Traviesas, en Terra Riba, en las Campa de San Juan, en Penausén... Luego vinieron los castros y más tarde aún los romanos, que plagaron el paisaje de minas de oro, canales y estanques, siendo el más famoso de estos el Pozu Ful.lerico, en otra entrada se dirá porqué.

Ahora bien, la Salas como tal empieza a formarse en los oscuros años de la Edad Media. A finales del reino de Asturias y principios del de León, se dan noticias de diversas donaciones que los nobles y príncipes locales hacen a la mitra ovetense. Llegamos así a 1024, año fundacional del monasterio de Cornellana, que cien años después sería cedido a los abades de Cluny.

Exactamente cien años después, en 1124, ya se habla del castillo y la torre de Salas. No se sabe mucho de él, muy posiblemente fuera una estructura muy primitiva, de madera total o parcialmente, pero contaba con foso y puente levadizo. Muy seguramente alrededor de este primitivo castillo empezara a desarrollarse lo que sería la villa Salas. Y cierta importancia debió de alcanzar en poco tiempo, pues en 1138 Alfonso VII, Imperator Totius Hispaniae, otorga las aldeas de Salas, Lamuño y los cotos de San Salvador y Linares a Fernando de Lamuño, formando el señorío de Salas y dando origen a la que a partir de entonces sería la familia dominante del lugar; los Lamuño. Tanto es así que mantendrían el título de Señores de Salas hasta el s. XIX
El castillo de Salas.
El castillo de Salas según Juan Pablo Moratiel.

Tuvieron que esperar los de Salas ciento cincuenta años más para tener su fuero y librarse de los señores. Lo consiguieron, como no, en época de Alfonso X, ese fundador de ciudades, que otorgó en 1277 la carta puebla al lugar organizándose por fin la villa y el concejo. Su nombre en origen era Salas de Nonaya, refiriéndose al río que atraviesa la villa y como muchas otras polas asturianas, Salas carecería de muralla.

Pero una vez fundada la pola empezaron los problemas con el otro gran poder del lugar. El monasterio de Cornellana. No hay muchos datos de estos conflictos, pero llama la atención que desde el mismo 1277 Salas ya este presente en las Hermandades de Concejos que comienzan a florecer para mejor defensa de los intereses comunes. Está primera Hermandad, que incluía a  Avilés, Pravia, Grado, Somiedo, Valdés, Tineo, Cangas del Narcea y Allande, se proclama en el alto de La Espina, puerto de montaña situado dentro del propio concejo. El pacto se repetiría en 1316, durante la minoría de edad de Alfonso XI, época turbulenta donde las haya en la que la única garantía de orden era la propia fuerza.

La villa perdió sus derechos con la llegada de los Trastámara, y paso en 1373 a ser parte del señorío de Alfonso Enriquez, ese hijo bastardo de Enrique de Trastámara que tantos quebraderos de cabeza daría a sus parientes. Pero por fortuna para nuestra villa protagonista, este comportamiento tan díscolo por parte de su señor hizo que se restituyeran sus fueros en 1382, tan solo nueve años después de haberle sudo arrebatados.

Ya ha finales de la edad media, en pleno reinado de los Reyes Católicos, Salas y otros cuatro concejos limítrofes (Grado, Pravia, Valdés y Miranda) se hermanan de nuevo y pasan a integrar un solo asiento en la Junta General del Principado.

Y si parece que los Lamuño, el monasterio y la puebla de Salas fueran ya suficientes focos de poder en un espacio tan pequeño, todavía falta hablar del otro linaje de la zona; los Doriga, que asentaban sus reales en la localidad homónima, y se refugiaban también en una poderosa torre, a apenas unas leguas de Cornellana. Pero los Doriga se llevaban bastante bien con la villa de Salas, tanto es así que en 1378 Garci Fernández de la Doriga represento a Salas es la Junta General que se reunía para poner enfrentarse a Alfonso Enriquez. Los de la Doriga prosperaron tanto que entre los siglos XV y XVI adosaron un palacio a su vieja torre, suplantaron a los Lamuño como familia más significada de la zona y siguieron representando a Salas en la Junta del Principado.

La última familia que nombraré serán los Salas, otra distinguida familia que andado el tiempo emparento con los Valdés y tuvo como su más insigne hijo a Fernando de Valdés de Salas, el gran Inquisidor. Los Valdés-Salas se hicieron con el señorío de la fortaleza de la villa, que aún a día de hoy lleva su nombre.

Por último reseñar que como el concejo se encuentra atravesado por el camino de Santiago son tres los hospitales que socorren a los peregrinos en su caminar por el concejo, uno en el monasterio, otro en la villa y el último en La Espina, aunque este último dependía de la Mitra de Santiago.

Ideas de aventuras


  • Un grupo de Pjs se dirigen a Salas durante su día de mercado. A la altura de Cornellana un grupo de hombres armados hasta los dientes y comandados por un monje les exigen un tributo para poder seguir. ¿Aceptan los Pjs a pagar el tributo o se resisten armas en mano?
  • Los Pjs están peregrinando a Santiago y esperan alcanzar el hospital de peregrinos de La Espina antes del anochecer. Sin embargo cuando por fin llegan al refugio descubren que está completamente abandonado, con platos sobre las mesas, fuegos todavía encendidos, y vasos a medio beber. ¿Que ha ocurrido con todos los que allí estaban?
  • Tras las guerras contra Alfonso Enriquez los Pjs disfrutan de un merecido descanso en la pola de Salas. Pero una noticia inquietante viene a turbarles, un antiguo vasallo de don Alfonso al que creían muerto se dirige de vuelta a la puebla, hay quién dice que para vengarse de los Pjs por pasadas ofensas. Nadie en Salas parece apoyar a los Pjs, están solos ante el peligro.

Post Scriptum

Por supuesto el castillo de Salas, con su palacio del s.XVI y su colegiata son lo que más destaca a primera vista de la villa. Pese a todo he decidido no hablar de ellos, castillo a parte, porque se escapaban del arco temporal de Aquelarre y no quería alargar demasiado el post. Baste decir que en la colegiata está enterrado el Inquisidor General Fernando de Valdés-Salas, fundador de la universidad de Oviedo, azote de herejes e incrédulo de Brujas. 
En el pequeño espacio que ocupa el concejo de Salas se localizan dos torres en buen estado de conservación (la de Valdés-Salas y la de la Doriga), un monasterio a punto de cumplir mil años, varios hospitales de peregrinos e iglesias que se remontan al reino de Asturias. Solo por eso ya merecía la pena el post.
Pero los que seáis habituales de este blog os habréis dado cuenta de que no está incluida en el post la habitual sección de mitos y leyendas. Esto no se debe a que en Salas no haya nada que contar al respecto. Al contrario, es tanta y tan abundante la fauna mitológica y legendaria en el concejo que se merece un post aparte, que espero tener listo en breve y en el que incluiré el mapa del concejo con todos sus puntos de interés. No os lo perdáis. 

Bibliografia


  • www.ayto-salas.es/historia
  • www.castillosdelolvido.com
  • es.wikipedia.org/wiki/Salas#Edad_Media

jueves, 21 de enero de 2016

Covadonga, el principio de todo.

Covadonga, la cueva de la señora


¿Que hace que un lugar sea sagrado y otro no? ¿Qué es lo que vieron los antiguos astures, o los que habitaban en lo que después sería Asturias antes que ellos, para determinar en cuál de las cuevas vivía su diosa y cual no? ¿Simple casualidad?¿La espectacularidad del paisaje?Las apariciones celestiales? Imposible saberlo.

Vayamos por el principio, el principio de todo.

En el principio

Acabada la guerra civil entre Marco Antonio y Octavio Augusto, este último decidió que sería de muy mal gusto celebrar un triunfo tras luchar contra compatriotas romanos, muchos de los quirites tendrían parientes que habrían muerto luchando en el bando perdedor y no verían con buenos ojos el festejo. Hábilmente Augusto decidió montarse una espléndida guerrita en una esquina de su imperio para, una vez derrotado el enemigo, poder festejar un triunfo digno de su persona. Casualidades del destino esa esquina estaba en el norte de Hispania. Apretado contra la costa norte de la península, estaba el irredento territorio de los cántabros y los astures, tribus barbaras, algo celtas, muy belicosas ellas y muy amigas de saquear las poblaciones de la meseta, ya sometidas a Roma, de vez en cuando.
 Estas guerras cántabras se alargaron por más de diez años y al final Augusto cedió el triunfo a su general Agripa, pero éste avergonzado por celebrar lo que se había convertido en una guerra larga y sangrienta rechazo celebrarlo. Con lo cual las tribus de cántabros y astures fueron conquistadas un poco para nada. Bueno, ahí estaban esas minas de oro en la tierra de los Pesicos, algo es algo.

¿Y qué tiene que ver la conquista romana con la Virgen de Covadonga? Pues veremos, por ahora quedemos solo con un dato, el historiador romano Floro dice que los cántabros se refugian en un lugar llamado Mons Vindius porque creían que antes llegarían a él las olas del mar que las legiones de Roma. Se equivocaron, pero en fin.

Los caldeos


Alfonso III el Magno
Alfonso III el Magno
Saltemos setecientos y pico años en el tiempo. Hasta el 722 dC aproximadamente. Un grupo de astures comandados por un antiguo espatario del rey Rodrigo se sublevan contra el recién establecido poder musulmán. ¿Y dónde se refugian? De nuevo en un monte, el monte Auseva, en una cueva, donde dicen contar con la protección de la Santa Virgen, porque esa es su cueva, la Cueva de la Señora. Cova Dominica. Covadonga. Cuentan las leyendas que Pelayo ya había estado en la cueva, llego persiguiendo a un bandido al que encontró postrado frente a una crucecita. Apunto de acabar con el bandido, su mano fue detenida por un oportuno ermitaño quien le profetizo que en su día el mismo necesitaría el refugio de la cueva y de quien allí moraba y Pelayo, impresionado, perdono la vida al malhechor. Hizo bien. Cuando se entabló batalla con los árabes, sus hombres, que se habían alimentado de la miel de los panales escondidos en la roca, recibieron ayuda divina. Las flechas que los caldeos les lanzaban se volvían contra ellos.
Claro que esta versión de la batalla nos llega a través de unas crónicas muy posteriores. Del reinado de Alfonso III, en pleno siglo X, con lo no está garantizada su veracidad. A todas luces las cifras de cientos de miles de caldeos (esto es, los musulmanes) que se dice perecieron en la batalla son una exageración, y por eso hay quien afirma que fue más bien una escaramuza, que no existió ni siquiera, o que en realidad lo que hubo fue una lucha de voluntades entre un ermitaño llamado Pelayo y un tentador obispo Oppas, en este caso los moros no serían musulmanes sino unos seres pre-humanos o pre-cristianos que representaban el caos primordial.
No está mal.
Para terminar con Pelayo decir que el poema de Fernán González (s.XIII) nos dice que se el antiguo espatario se encontraba escondido en una cueva hambriento y lacerado. Un ángel dice a los godos huidos del invasor musulmán  que lo busquen para que los lidere.

Auseva o Vindius

Pero ¿es Covadonga y el monte Auseva lo mismo que el Mons Vindius? Imposible saberlo,
Pelayo, rey de Asturias
La visión de Juan Pablo Moratiel
del rey Pelayo
hay quien dice que lo segundo hace referencia a todos los Picos de Europa, pero hay otros que dicen que de la misma manera que Pelayo y los suyos se refugiaron en Covadonga porque allí sería defendidos por los místicos poderes de la Virgen, los cántabros del 20 aC se refugiaron exactamente en el mismo sitio porque allí serían defendidos por los poderes de su diosa, La Señora de la Cueva.
Hay que tener en cuenta que el entorno, si impresionante en nuestros días, aún lo era más en la brumosa Alta Edad Media. Bosques profundos, infranqueables montañas, una cueva escavada de manera imposible, un río que brotaba de los pies de la misma (por cierto, el río Deva, nombre que significa diosa), un escenario épico como pocos para derrotar al invasor.
 Y es que los alrededores de Covadonga parecen haber tenido siempre, y hablamos de miles de años, un carácter sagrado. Rodeando el lugar se encuentran los dólmenes de Abamia, Mía y la Santa Cruz, sobre los Pelayo y Favila construyen las primeras iglesias cristianas del territorio astur. La antigüedad de esos dólmenes, así como las pinturas rupestres de la cercana cueva del Buxu (¿el bruxo?) nos hablan de una sacralización de la montaña que viene desde tiempo inmemorial.

Más leyendas

Y no es la única pista que nos da el folclore. En la leyenda de las Virgenes de Colunga, nos encontramos con tres vírgenes que se alejan del mar, una de ellas decide ni oírla, ni combatirla y se instala en una cueva entre las montañas. Sí, en Covadonga, La leyenda de la Virgen y las cuevas del mar nos vuelve a hablar de una Virgen que huye del océano portando un bulto de luz, desde donde la persiguen unos "moros", de nuevo símbolos del caos primigenio, representado aquí por el mar cambiante. Todas estos detalles, la cueva, el mar como el caos, los moros en lugares insólitos, el bulto de luz, nos hablan de una simbología muy anterior al cristianismo, que ha sido recogida poco a poco y transformada hasta dar lugar a la Covadonga que conocemos hoy día. La Señora de la Cueva. La diosa de los asturianos.

Ideas de Aventuras

  • Una figura fantasmagórica se deja ver por las noches en la Santa Cueva, los monjes del cercano cenobio buscan ayuda asustados. Hay quienes dicen que es la misma Virgen que vuelve a castigar a los pecadores, otros opinan que es el demonio que busca desacralizar la prueba, los menos hablan de una xana que camina enroscada en una serpiente...
  • Un peligroso asesino perseguido por los Pjs ha buscado refugio en la Santa Cueva. Los monjes impiden el paso a los jugadores aduciendo que es un lugar sagrado de Santuario, pero los jugadores saben que el asesino solo pretende ganar tiempo. ¿Respetarán el santuario o cometerán un sacrilegio para capturar a un peligroso criminal?
  • Una mujer solitaria pide a los Pjs que la escolten hasta el Santuario de Covadonga. A punto de llegar les dice que la mar no es cuestión de oírla, ni combatirla, y luego desaparece misteriosamente. ¿Quién es este fantasma que se les ha aparecido? ¿Por qué a ellos? ¿Cuales son sus intenciones?

Bibliografía:


  • Geografía Sagrada De Asturias. 2003. Juan Luis Rodríguez-Vigil RubioRamón Rodríguez Álvarez.
  • ASTURIAS LEGENDARIA: HISTORIAS, LEYENDAS, GENTES Y SERES MAGICOS DE LA MITOLOGIA, MIGUEL ARRIETA , TREA, 2005
  • Las fiestas asturianas, nuevas formas y viejos ritos. Ed. Picu Urriellu. David M. Rivas.

miércoles, 23 de diciembre de 2015

Tres castillos asturianos.

castillos asturianos, Alfonso III el Magno
Alfonso III, el constructor de castillos.
A día de hoy podría parecer que en Asturias eso de los castillos no se estilaba demasiado. La verdad es que comparadas con las formidables fortalezas que se encuentran por toda la piel de toro, especialmente en tierras de frontera entre los diversos reinos, las escasas torres y restos de murallas que se pueden contemplar en el solar astur son bastante deslucidas y pueden llevar a pensar que en las Asturias de Oviedo el arte de la fortificación brillaba por su ausencia, que ya de por si protegen bastante e impiden el paso las formidables barreras naturales que forman las montañas de los Picos que llaman de Europa.

Pero en Asturias si que hubo castillos, más de trescientos registrados, incluyendo aquí torres de vigilancia y de señorío, que si bien no eran tan grandes como, por ejemplo, el de Ponferrada o el de Gormaz, si que fueron recios y poderosos y vivieron guerras y asedios y leyendas, como toda
fortaleza medieval que se precie.

De entre todos esos castillos y torres tres merecen ser destacados por su antigüedad e importancia; el castillo de Tudela, el de Gauzón y el de San Martín. Los tres tienen su origen en un castro mucho más antiguo que el castillo propiamente dicho, los tres protegían puntos vitales del reino de Asturias (Oviedo, la ría de Avilés y la ría del Nalón) y los tres fueron levantados en el reinado de Alfonso III el Magno.

El castillo de Tudela es el único de los tres que se encuentra al interior. Alfonso III lo mando construir sobre un emplazamiento castreño anterior con el fin de proteger Oviedo desde el sur, colocandose el castillo en lo alto de una colina que controla el vital camino que unía la ciudad con la meseta leonesa, así como el curso del río Nalón, y que a día de hoy conserva el nombre de Picu Castiellu.
El castillo tenía un triple torreón y un doble foso y parece que también una triple muralla rodeandolo. Todo ello sobre una planta de forma ovalada. Se le considera el más grande de los castillos asturianos.
A caballo de los siglos XIII y XIV el castillo pertenecía al obispado de Oviedo que lo tenía arrendado a una familia de caballeros-ladrones que se dedicaban a saquear a los mercaderes que transitaban por esa ruta. Una minucia en realidad, porque pocos años después entregaría el castillo al que era por entonces el enemigo número uno de las villas y ciudades asturianas, Gonzalo Peláez de Coalla. En realidad todo esto no se debía a que el obispo se hubiese vuelto un ser malvado y despreciable, sino que, como se ha visto aquí, el prelado estaba inmerso en una contienda de larga duración contra la propia ciudad de Oviedo, que se las daba y se las traía para mantener la independencia con respecto al obispo de marras.
En esos años estuvo el castillo a punto de ser destruido por Rodrigo Álvarez de las Asturias, que había acudido a la región a poner un poco de orden. Pero antes de perder el preciado castillo el obispo prefirió rendirse y la fortaleza se mantuvo unos cuantos años más. 
Pero Tudela era un castillo muy recio y muy estratégico y no tardo en caer en manos de otro perturbador de la paz; Alfonso Enriquez se hizo con él durante las revueltas contra su hermanastro Juan I, que no tuvo tantas contemplaciones como don Rodrigo y  mandó destruirlo en 1383 en una de esas guerras que mantuvo con su hermano bastardo, los castillos se estaban convirtiendo en refugios de ladrones y eso no podía ser. Un rey construyó el castillo y otro lo hizo destruir.  
Sobre las leyendas del castillo ya se ha hablado de ellas aquí, así que no me repito al respecto.

El Castillo de Gauzón fue durante siglos uno de los más misteriosos de todo el panorama asturiano. Se sabía de su existencia y de su importancia. Y se daba por hecho que el concejo de Gozón recibía su nombre de él. Incluso se sabía que la Cruz de la Victoria había sido tallada (o al menos recubierta de oro y pedrería) entre sus muros, y se sabía porque la propia cruz lo dice en un grabado. Se sabía también que había pertenecido a la Orden de Santiago, más que nada para evitar que algún magnate del lugar, de esos a los que les gustaba tanto sublevarse se apoderara de él y aprovechara para rebelarse un poco.
Lo que no se sabía es donde estaba. No había ni rastro.
El misterio se resolvió a principios de este nuestro siglo XXI, cuando se descubrieron los restos arqueológicos del castillo en lo alto del Peñón de Raíces, mole pétrea que se alza a apenas una legua de Avilés, y está equidistante de la ría y del mar Cantábrico. Un pequeño riachuelo, también llamado Raíces, le hacía las veces de foso. Y la fortaleza no era pequeña. Se venía utilizando desde antiguo, desde el s.VII como poco, en pleno reino de los visigodos, y los reyes de Asturias la usaron sin interrupción, adaptando y mejorando sus defensas, hasta que en el reino de Alfonso III el Magno se realizó la más importante de las remodelaciones. El último rey de Asturias quiso reproducir en su interior la estructura de sus palacios y doto al castillo con una residencia real, que incluía una gran chimenea en el centro de la sala, unos baños con estanque de ladrillos, una iglesia consagrada al Salvador, una entrada reforzada en forma de U y una torre al lado de ésta para protegerla. El castillo se organizaba en terrazas, siendo la la más alta para uso regio, con las estructuras que acabo de describir, y la más baja para los servidores y trabajadores del castillo. Una fortaleza impresionante como corresponde a un rey tan importante como el último de los Alfonsos de Asturias.
Con el abandono de la corte de Oviedo y su traslado a León, el castillo paso a ser refugio de los condes que representaban la autoridad real. La amenaza de vikingos y piratas musulmanes seguía vigente y la fortaleza estaba en su esplendor, pero no siempre sirvió a su cometido de defender el reino. Durante la revuelta del conde Gonzalo Suarez, en 1132, el castillo estaba en manos del rebelde, pero las tropas reales lograron hacerse con él rápidamente. A partir de entonces el castillo paso a estar a manos de tenentes del rey. El último de éstos gobernó en el castillo casi ininterrumpidamente desde el 1200 al 1222. Se trata de García González de Candamo, quién en 1222 se convirtió en Maestre de la Orden de Santiago. A partir de entonces el castillo pasaría a manos de los santiaguistas que gobiernan el castillo a base de encomiendas a caballeros de la zona. El último de las encomenderos del castillo de Gauzón será un hijo bastardo del rey Alfonso XI: Enrique de Trastámara.
Heráldica de la familia Alas
El Escudo de Armas de los Alas, Martín Pelaez
en el castillo de Gauzón.
Y poco más se sabe del castillo. Es evidente que fue destruido en algún momento del s.XIV, en el que paso a usarse como recinto para guardar el ganado, y teniendo en cuenta la turbulenta historia de don Enrique de Trastámara, bien pudiera ser que fuese destruido durante una de sus revueltas contra Pedro I. No hay que olvidar que el bastardo de Alfonso XI trató de conquistar la cercana villa de Avilés y solo fracaso gracias a la llegada del ejercito real. ¿Fue el castillo destruido en esos días? Imposible saberlo. La historia se acaba de Gauzón parece acabarse aquí.
Pero el castillo había entrado en la leyenda del reino de Asturias. Se habla del rey Paene, que dicen que levantó una mezquita en lo alto del peñón, de unas terribles mazmorras bajo el castillo, de un tesoro enterrado, de seis figuras de oro... 
Su prestigio es tal que los Alas, familia de lustre avilesino, gustaba de remontar sus orígenes a los propietarios del castillo. Contaban que el primero de su linaje, un tal Martín Pelaez, recibió el apellido Alas porque mientras defendía el castillo del asedio de los moros, un ángel descendió del cielo para ayudarle y gracias a él y a su valentía fueron los infieles rechazados y el tal Martín recompensado por don Pelayo con el derecho a lucir unas alas en su escudo. 


Castillo de San Martín. De origen también castreño, enclavado en el territorio de los astures pesícos, alojó posteriormente una torre de vigilancia romana, con lo que pudiera estar relacionado en origen con las numerosas minas de oro que horadaban el occidente asturiano en aquellos días. De nuevo fue el último de los reyes asturianos quién reaprovechó una antigua fortificación para levantar otra más moderna. De nuevo la amenaza de  los normandos marcaba su decisión de fortificar la costa. 
Y es que el castillo de San Martín protege la entrada a la ría del más importante de los ríos asturianos, el Nalón, que no es navegable, ni mucho menos, en su totalidad, pero que si permite remontar su cauce por lo menos hasta Pravia, la capital del rey Silo. La fortaleza está enclavada en una peninsulita rodeada en tres de sus lados por el mar, permaneciendo unida a tierra solo por su cara Sur. La situación del castillo era tan estratégica que permanecía en manos del rey de León, quién otorgaba la tenencia habitualmente a caballeros del concejo de Pravia, otorgándoles para sustento las tierras de realengo de Ranón, que dependían del castillo.
Gonzalo Pelaez se hizo con ella durante su revuelta contra Alfonso VII, pero no tardó el rey en recuperarla y de nuevo en sus manos la entregó a su lugarteniente Suero Vistraito. Alfonso Enriquez, otro rebelde de lustre, también se adueño de la fortaleza y se la entregó en tenencia a su hijo natural (o sea bastardo) llamado Fernando. Las tropas reales sitiaron el castillo y solo lograron cercarlo por hambre, pero los defensores se acogieron a la clemencia del rey y ésta les fue concedida. En el s. XV, con Asturias bajo el yugo de los Quiñones, será en este castillo en el que los tres capitanes enviados por el Príncipe de Asturias, a la sazón el futuro Enrique IV, se reúnan y resguarden para comunicar a su señor que solo con un firme apoyo por su parte se podría arrebatar la tierra asturiana de manos de los opresores. Los leoneses por su parte intentaron apoderarse de la fortaleza y la sometieron a un poderoso asedio, pero los alcaldes de la fortaleza, don Gonzalo Cuervo de Arango y don Juan Sánchez de Calienes, naturales de Pravia, supieron resistir los envites y el castillo permaneció en manos de los realistas.
Al contrario que las otras dos fortalezas tratadas en el artículo, el castillo de San Martín sobrevivió a la edad media, reformándose a finales del s. XV (el corregidor de los Reyes Católicos aportó 120000 maravedíes para reformar este castillo y el de Oviedo). Contaba con torre del homenaje de cuatro plantas, otra torre más pequeña, casa que habitaba el alcaide, foso, barbacana con tres puertas, la más grande conocida como la del Rastrillo y la iglesia o capilla de San Martín, que parece haber sido construida por Alfonso III a la vez que el propio castillo. La cerca del castillo llegaba hasta la misma orilla del Nalón y puede que tuviera una poterna que diera a la misma ría, pues los barcos que entraban en ella encontraban refugio junto a la fortaleza. El castillo protegía a su vez, y muy seguramente cobraba peaje, la barcaza que cruzaba el río, pues de aquella los puentes brillaban por su ausencia. Al igual que el castillo de Gauzón dió nombre al territorio cercano (el concejo de Gozón), el castillo y su barcaza para cruzar el río hicieron lo propio con Soto del Barco, el concejo en el que se enclava.
Al menos hasta el s.XVIII mantuvo en su interior una guarnición militar.

Ideas de aventuras:

  • Los Pjs se encuentran de guardia en la torre del castillo de San Martín una oscura noche de verano, cuando ven aparecer sobre las aguas una pavorosa imagen. Un extraño barco con mascarón en forma de dragón, de vela cuadrada e impulsado por numerosos remos se adentra en la ría emitiendo un fantasmagórico fulgor. 
  • Un vecino de los valles del Nalón les ha vendido el mapa de una "ayalgua" a los Pjs. Parece que se encuentra enterrada en las ruinas del castillo de Tudela, a tres pasos mirando hacía el sol a eso de las tres de la tarde. Lo que pasa es que ese misterioso tesoro es el relicario del monasterio de Valdedios y está siendo buscado sin tregua por los encomenderos del mismo. Y mira tú que los Pjs van a estar en el lugar equivocado, en el momento inoportuno.
  • Un caballero ladrón más cruel y avaricioso de lo habitual se ha refugiado en el castillo de Gauzon. Las localidades cercanas han pedido ayuda a la villa de Avilés que, apurada en otros menesteres, solo puede prestar ayuda en forma de un pequeño grupo de audaces aventureros. 
Bibliografía:
  • Antigüedades y cosas memorables del Principado de Asturias. Padre Carvallo. 
  • http://leyendesasturianes.blogspot.com.es/
  • "El castillo de Gauzon. Un viaje por la edad media" Díptico del Ayuntamiento de Castrillón. 
  • "El castillo de Gauzón (Castrillón, Asturias). Campañas de 2007-2009. El proceso de feudalización entre la Antigüedad Tardía y la Edad Media a través de una fortaleza." Iván Muñiz López y Alejandro García Álvarez-Busto

viernes, 17 de julio de 2015

La gran casa de Valdés.

La casa de Valdés hunde sus raíces en lo más profundo de la Edad Media Asturiana. Con origen en el concejo del que toman su apellido, los Valdés fueron extendiendo su influencia poco a poco a lo largo de casi todo el territorio asturiano gracias a una inteligente política matrimonial. Un ascenso al poder que no dejó de levantar envidias y suscitar rivalidades con otros ricosombres, que no dudaron en enfrentarse con nuestros protagonistas. 

El origen de este linaje parece encontrarse en Gonzalo Melendez, rico-ombre de Alfonso VII, señor de la villa y puerto de Luarca, que defendió la voz del rey durante las revueltas del conde don Gonzalo Pelaez. Su lealtad sirvió para que el emperador leones le entregara lo que sería a partir de entonces su patrimonio, así como varías tierras de los rebeldes derrotados en el lugar de Busto. Este territorio donado se correspondería con el valle del río Esse, el Val del Esse; Valdés.

La Gran Casa de Valdés
La Gran Casa de Valdés
En algún momento indeterminado del siglo XII el tronco familiar de los Valdés se divide en dos y aparece una segunda rama en el concejo de Llanera, justo al norte de la ciudad de Oviedo, al otro lado del monte Naranco. Será está rama de la familia, la situada en Llanera, la que logre alcanzar mayor predicamento dentro de los reinos de Leon y Castilla, llegando a ser nombrado uno de ellos, Pedro Menéndez de Valdés, "caballero muy honrado del Reino de León" protagonista de una de las historias que se relatan en "El Conde Lucanor" de don Juan Manuel. Estos Valdés de Llanera, tendrían su solar y residencia principal en las conocidas como "Torres de San Cucao", fortaleza de la que apenas nos ha llegado una torre muy modificada, y que se encontraba a poco más de dos leguas desde la catedral de San Salvador, justo al otro lado del río Nora

Durante los siguientes años del siglo XII los Valdés extendieron su influencia por el territorio circundante, restauraron el monasterio de Cornellana, se hicieron con el señorío de la villa de Salas y con las encomiendas, por parte de la catedral de San Salvador, de los concejos de Gozón y Llanera. Se levantan en estos años del siglo XII las torres de San Cucao y una capilla funeraria para la familia en el renombrado monasterio de San Vicente de Oviedo.

 Sin embargo no es hasta nos encontramos con don Rodrigo Menéndez Valdés, señor Busto, Ranón, Quintana, con vasallos en la tierra y villa de Salas y señor de las torres de San Cucao, que el apellido Valdés se convierte en el nombre familiar (como se ha visto más arriba, el primero se apellidaba Melendez). Acabó sus días el primer Valdés propiamente dicho en 1210, reinando Alfonso IX, el último rey de León. Y sus hijos no perdieron el tiempo, estuvieron en las Navas de Tolosa, en la reconquista de Jerez, en la de Sevilla, en el sitio de Gibraltar (donde muere peleando Garci Gonzalez Valdés) y, como no, en la guerra civil castellana de 1366-1369. Pero antes de seguir nos detendremos en aquél que luchó en las Navas de Tolosa, Pedro Menéndez de Valdés.

Merece la pena el receso en don Pedro, porque, como he dicho antes, es el protagonista de una de las historias de "El Conde Lucanor", la historia nos habla que don Pedro era un hombre muy templado que, pasase lo que pasase, siempre se lo tomaba a bien, pues las cosas ocurrían por voluntad de Dios y por lo tanto ocurren por un buen motivo. Vino a suceder que el rey don Alfonso IX llamó a la corte a don Pedro, pero éste tuvo una aparatosa caída de caballo y se quebró la pierna, no pudiendo acudir al llamamiento. Todos los que a su alrededor estaban le preguntaban como iba a poder ser bueno esto, pues muy posiblemente el rey se encolerizara por su ausencia. Lo que no sabían estos sabihondos, era que el llamamiento no era sino una trampa, pues los enemigos en la corte de don Pedro habían enemistado al rey con él, y el rey había dispuesto que don Pedro sería emboscado y muerto durante su camino a la corte (vaya con el rey). Al no poder acudir debido a su herida, dio tiempo para que los enemigos de don Pedro se desenmascarasen, fueran castigados y el de Valdés volviera a la estima del rey. Demostrándose así que don Pedro tenía de nuevo razón, y que Dios dispone lo que es mejor para los suyos.

Y podemos ahora seguir nuestra historia, que la habíamos dejado en la guerra civil castellana, momento en el que aparece uno de los Valdés más fascinantes de todos los que se pasearon por la Asturias Medieval; Diego Meléndez de Valdés, más conocido como "El Valiente".

Este Diego fue uno de los capitanes más fieles a la causa de don Pedro I, llamado "el Cruel" y cuando su señor cayó muerto por mano de su hermano Enrique en el castillo de Montiel, don Diego, viendo peligrar su vida huyó de Castilla de manera tan inmediata que ni siquiera tuvo tiempo de despedirse de su esposa. Y es que don Diego había negado refugio a don Enrique en su castillo de San Cucao durante las primeras revueltas de éste. Y el nuevo rey no tardo ni un parpadeo en sentarse en el trono y enviar a Asturias a uno de los suyos, Pedro Ruiz Sarmiento, Adelantado Mayor de Galicia, a confiscar los bienes de los vencidos y a derribar las famosas torres de Llanera. Diego pudo escapar disfrazándose de monje benedictino gracias a la ayudad del abad de San Vicente de Oviedo.

Con ganas de poner tierra de por medio, pero no de ser acusado de cobarde, Diego Melendez peregrinó en su huida hasta la ciudad de Jerusalén, en donde visitó los Santos Lugares y el sepulcro de Santa Catalina, y quiso Dios que su mujer, que era del linaje de los Álvarez de Nava, se reencontrara allí con él, pues al poco de enterarse de su huida la dama había salido en pos de su marido. Pasaron después al reino de Chipre, donde combatieron contra los genoveses y fue nombrado conde por el rey Jacobo de Lusignan.

La Gran Casa de Valdés
Diego Meléndez Valdés "el Valiente" descabalga a
un caballero francés. Por Juan Pablo Moratiel.
Volvió don Diego a tierras de Castilla y entro al servicio de uno de los primos del rey, Pedro, conde de Trastamara, don Diego llevaría "mudado el habito y cambiado el nombre" haciéndose pasar por otra persona en espera de la oportunidad para redimirse y recuperar lo que era suyo. Y la oportunidad llego en una jornada en Valladolid, donde se celebraba un gran torneo y los caballeros españoles estaban siendo incapaces de derrotar a los franceses, aliados del rey. Mando don Enrique llamar a sus caballeros de los reinos de León y Galicia y, para su alivio y orgullo, uno de los del séquito de su primo fue capaz de batir, uno a uno, a todos los jactanciosos caballeros de la dulce Francia. El rey, más que dispuesto a celebrar la hazaña, prometió al caballero otorgarle lo que le pidiera, pero humildemente aquel hombre solo pidió: "que se otorgase la vida a un hombre que por ser fiel a su señor estaba condenado a muerte" Concedió el rey el perdón pensando que se refería el caballero a uno de sus escuderos, y se llevó sorpresa mayúscula cuando don Diego reveló su verdadera identidad. El rey mantuvo su palabra, le perdonó la vida, le restituyó sus bienes, le dio permiso para reconstruir las torres y lo nombró Guarda Mayor de su hijo don Juan. No esta mal para un caballero del bando perdedor.

Gracias a ese perdón real don Diego reconstruyó las torres de San Cucao y levantó una ermita en Gijón bajo la advocación de Santa Catalina. Pero más importante aún fue que los Valdés, divididos en distintas ramas familiares, reafirmaron su poder en diversas partes de Asturias. Así los Valdés de San Cucao se hicieron con la Merindad de Oviedo, aunque la vendieron posteriormente a los Quiñones, los Valdés de Aviles defendieron la villa contra estos últimos, y dos capitanes de la Casa defendieron las armas del rey en la frontera con Granada, en donde destacó García Gonzalez de Valdés, que defendió Baeza con la sola ayuda de los habitantes de la villa, de un ejercito granadino de más de siete mil jinetes y diez mil infantes, ocurrió esto en 1407. Veinticinco años después, otro Valdés, llamado Pedro Meléndez, triunfó en una justa organizada por el rey Juan II, siendo reconocido como uno de los mejores justadores del reino, Pedro Meléndez era por aquel entonces capitán en la frontera con los moros.

De vuelta en Asturias los años del reinado de Juan II fueron épocas de disturbios y banderias. La leonesa familia de los Quiñones, que habían combatido con éxito al conde don Alfonso, se habían ido apoderando poco a poco de toda la región, en algunos casos por medio de pactos y en muchos otros por violencias e intimidaciones. Los pocos que se enfrentaban a ellos sufrían el riesgo de ser exterminados y sus tierras perdidas y repartidas y la situación fue tan grave que apenas la villa de Avilés, defendida por Pedro Valdés, y el castillo de San Martín, en la desembocadura del Nalón, se resistían a su dominio, los asturianos pidieron ayuda al rey, pero el monarca estaba tan sobrepasado por la inestabilidad general del reino que solo pudo delegar en su hijo, el Príncipe de Asturias, futuro rey Enrique IV. El príncipe, con pocos medios él mismo, envió a tres capitanes para recuperar su autoridad en la región. Como no, uno de ellos era un Valdés, Fernando de Valdés, que se encargó de restaurar la autoridad del príncipe en las Asturias de Tineo

La lucha por liberar a Asturias de los Quiñones fue dura y sangrienta, con muchas muertes y disturbios y solo se consiguió cuando se arrancó del príncipe un solido compromiso de no volver a entregar a otros lo que era suyo por derecho (los asturianos querían evitar con esto que, después de luchar y morir al enfrentarse a los Quiñones, el príncipe les entregara de nuevo el poder en la región para atraérselos a su bando, y es que las conjuras de la corte convertían en aliados a los que hasta ayer habían sido enemigos acérrimos, por un precio, claro). Sin embargo este no fue el fin de los Quiñones, pues las guerras civiles que estaban por venir les devolverían su lugar en la región. Pero eso ya se contará en otra parte.

 Momentáneamente el principado había quedado libre de los leoneses y, en teoría, en manos del príncipe, su propietario. Pero eso no trajo con sigo la paz, y en esto tendrían su responsabilidad los Valdés junto con otra de las grandes casas asturianas;  los Quirós.

La Gran Casa de Valdés
Diego Meléndez de Valdés se esconde
bajo el puente de Colloto.
Por obra de Nestor Gonzalez.
 Unos y otros llegaron a las manos para demostrar "quién valería más en la tierra" y se sucedieron las escaramuzas y las muertes entre uno y otro bando, siendo una de las más sonadas la derrota de los Valdés en el puente de Colloto, cerca de Oviedo, en donde solo se salvó Diego Meléndez de Valdés, hijo bastardo de Melen Suarez de Valdés, que se escondió debajo del susodicho puente. Pese a este contratiempo los Valdés fueron capaces de reorganizarse y derrotar por su parte a los Quirós, que pidieron ayuda a sus deudos y reunieron tantas tropas que los Valdés hubieron de escapar de sus casas que fueron quemadas y saqueadas... y así sucesivamente. Todas estas violencias tuvieron lugar alrededor de los años cincuenta del s. XV.

Por fortuna para unos y otros, y para el mismo Principado, estas banderías no fueron capaces de acabar con ninguno de ellos y con la llegada de los Reyes Católicos por fin pudo la región disfrutar de su merecida estabilidad.

Y fue durante el reinado de Sus Católicas Majestades que nació el que será el último Valdés del que trataremos en este artículo: Fernando de Valdés Salas. Pertenecía a una rama de la familia enclavada en el concejo de Salas, lugar donde nació, que había ido ganando cierta preeminencia entre sus parientes a medida que declinaba el poder de los Valdés de San Cucao. Fernando nace en 1483 y con apenas treinta años ya forma parte del Consejo Supremo de la Inquisición, protegido por Cisneros, entabla amistad con Carlos I durante una visita a Flandes, y su ascenso es meteórico, sucesivamente se convierte en obispo de Elna, de Ourense, de Oviedo, de León y de Sigüenza, preside la Real Chancillería de Valladolid y en 1546 es nombrado arzobispo de Sevilla, Un año después sería nombrado Inquisidor General, tarea que desempeño con una eficiencia implacable. Martillo de herejes, enemigo acérrimo de Lutero, luchador incansable contra los focos de erasmismo y luteranismo que aparecieron en Castilla, redactor del Indice de libros prohibidos, envió a no pocos a la hoguera por ser cripto-judíos, moriscos y falsos conversos. Y salvó indirectamente a cientos de mujeres de morir en la hoguera por brujería.
Y es que el Inquisidor General no creía en las brujas. Era jurista y sentó las bases de la investigación judicial de la Inquisición, si no se puede probar de forma fehaciente, es que no existe y por lo tanto no debe ser juzgado. La brujería no era sino ignorancia y supercherías, y la mayoría de los testigos eran niños o gentes incultas que no parecían haber oído nada sobre brujas hasta el momento en el que se les preguntaba sobre ellas.

Y con él damos por terminado este asunto de la Casa de Valdés.

Post scriptum: hacía mucho que no me enfrentaba a una tarea tan inabarcable como esta de la casa de Valdés. No solo hunden sus raíces en lo más profundo de la Edad Medía, sino que parecen extenderse por todas partes como si de una hidra de cien cabezas se tratara. He encontrado rastro de los Valdés en el concejo homónimo, en Llanera, en Oviedo, en Avilés, en Salas, en Gijón y también en Sevilla y la frontera con Granada, y más adelante en las Américas. Vamos que están por todas partes.
 Y como son tantos cumplen con todos los diversos estereotipos de los caballeros de la época, hay valdeses ladrones y malfeitores, como los de Valdés (el concejo), los hay abnegados defensores de la corona (como los de Llanera) y los hay defensores de los villas y sus privilegios, como los de Avilés. Pero esto sería una simplificación porque en todos los concejos y en todas las ramas se llegar a dar todos los diversos estereotipos.

Ideas de aventuras: 

  • Los Pjs forman parte del séquito de Diego Meléndez de Valdés, conocido como "el Valiente", y son forzados a huir al exilio junto con su señor. No solo el prodigiosos periplo hasta Jerusalén es una fuente inagotable de aventuras, sino una vez allí la visita a los Santos Lugares, las luchas contra los Genoveses, el reencuentro con su esposa. Todo ello es puro material de aventuras.
  • Durante las guerras contra los Quiñones los Pjs reciben el delicado encargo de llevar al rey los documentos con las conclusiones de sus tres capitanes. Deben llegar a la meseta, pero los puertos están patrullados por los barcos de los Quiñones y la tierra tomada por sus fieles. ¿Lo conseguirán?
  • Un grupo de entusiastas inquisidores son enviados a una remota comarca asturiana para esclarecer ciertas acusaciones de brujería, se encuentran con terribles prácticas, pero son incapaces de llevar consigo una sola prueba de ello. ¿Serán capaces de presentar sus conclusiones al poderoso Inquisidor General Fernando de Valdés? ¿O decidirán actuar por su cuenta y afrontar más adelante las consecuencias?


Bibliografía: Las Bienandanzas y Fortunas. De López de Salazar. Antigüedades y cosas memorables del Principado de Asturias. Del Padre Carvallo. Armas y linajes de Asturias y Antigüedades del Principado. De Tirso de Avilés. Historia de la Brujería en España. De Joseph Perez. Historia de Asturias. VVAA. Ayalga Ediciones. El conde Lucanor. Don Juan Manuel. 

lunes, 9 de marzo de 2015

Luarca y Valdés, más acá del río Negro. Parte II

Cuentan que Areste, hijo del rey Duarte de Inglaterra tuvo a bien venir a ayudar al rey Pelayo en su lucha contra los moros. Durante uno de los combates cayó Areste  a un río cercano y comenzó a gritar, "¡Valés, valés!" sin que se sepa muy bien porqué, pero era extranjero y se le permitían estas cosas. Los suyos lograron rescatarlo río abajo y desde entonces se le llamó Valés, que con los años derivó en Valdés, que fue el nombre que adquirieron las tierras que don Pelayo entregó a Areste en reconocimiento de su ayuda. Con lo que Areste se convirtió en origen del concejo y de la Casa de Valdés.

Claro, que no todos tienen por cierta esa historia. Hay quién dice que Valdés se llama así por el río que corre "serpiando" por entre las colinas en forma de "S", labrando lo que sería el valle del Esse, que apocopado se convirtió en Valdés.

Lo cierto es que Valdés es el nombre que reciben las tierras que atraviesan los ríos Esva y Negro, que pertenecían desde antiguo a las Asturias de Tineo, que era territorio de los Pesicos, que los romanos las organizaron para mejor explotar el oro de sus minas, y que está plagado de antiguos castros de los astures. 

Desde muy temprano despuntó la villa de Luarca como cabecera de estas tierras, lo que no deja de tener su sorna pues la tierra del valle del Esva se organiza desde una villa que está en el valle del río Negro. Pero no era la villa el único lugar de renombre de por aquí. También está Cadavedo, pequeño puerto ballenero, Villademoros, solar nobiliario, Trevías, ésta si a orillas del Esva y como no Silvamayor, braña vaqueira.

De Cadavedo poco más hay que decir, que fue un puerto ballenero, de los pocos que la escarpada costa dejaba construir, muy pequeño y eclipsado por la boyante Luarca. 

El Concejo de Valdés con los lugares aquí referidos
Villademoros, muy cerca del anterior, a dos tiros de arcabuz de la costa, tiene más historia. Hay una potente torre levantada en el turbulento s. XIV, pero algunos dicen que esa torre es nueva y que los romanos ya tenían allí una mucho más antigua. Quizás por eso se llama Villademoros, porque los asturianos tendían a llamar moros a los paganos, no bautizados, como los que según ellos vivirían en el Cerco de los Moros, castro cercano a Paredes. La torre, decía, tiene foso, contrafoso y empalizada, y se entra por el segundo piso, al que se accede por una escalera de madera. En tiempos del rey Pelayo era el señor de la torre otro Pelayo, menos famoso, cabeza del linaje de los Valthos o Valdés (adiós a la historia de Areste), el cual junto cuatrocientos hombres de estas tierras y acudió en ayuda del caudillo astur. A la altura de Cornellana se encontró con tres mil moros que huían del héroe y, como quién no quiere la cosa, acabo con ellos. Los reyes asturianos consolidaron la torre de Villademoros, que fue destruida por los normandos en el reinado de Ramiro I, pero fue reconstruida en el s. X y reforzada a partir del XIII. Y aún otros dicen que en tiempos del rey Mauregato el tenedor de la torre era Diego Pelaez, nieto de Valthos, se mantuvo fiel al rey Alfonso el Casto (que de aquella no era ni rey, ni casto) y tuvo que huir a Galicia. Cuando volvió se encontró su casa habitada por moros, que raptaban doncellas a lo largo y ancho de aquellas tierras. Diego Pelaez retó al capitán de los moros, el cual se rindió sin pelear con el viril propietario del solar, le entregó las doncellas y se dio como prisionero. Por eso los del linaje de Villademoros pintan en su escudo un moro encadenado.

De Trevías sabemos, o creemos saber, que el nombre le viene de tres caminos que confluían en este mismo lugar, posiblemente caminos de origen romano, que hubieron de ver mucho oro y muchos mineros en sus días de gloria. En el año 1000 se fundó aquí un pequeño convento de monjas benedictinas, que en su dotación fundacional contaba con una pequeña astilla de la Veracruz, así como muchas otras reliquias de santos de renombre. Era un convento bajo la protección de San Miguel Arcangel, pero esto no debía de bastar como defensa esta advocación, porque en 1144 se coloca bajo el señorío del monasterio de San Vicente de Oviedo.

Y es que los monasterios, desde antiguo, fueron muy poderosos en la tierra de Valdés, tanto los cercanos de Cornellana y Corias, como los más lejanos de Oviedo, todos ellos poseedores de extensas propiedades en el concejo. Pero estas posesiones monacales no trajeron la paz a la tierra, al contrario, la anarquía, los robos y las violencias dieron lugar a la fundación de la villa de Luarca, protegida por fuero por el rey Alfonso X, para que sus fieles vasallos pudieran defenderse de las tropelías a las que eran sometidos por los malos y robadores caballeros. Y eso tampoco trajo mucha paz y ni siquiera duró para siempre, pues Valdés fue entregado a Alfonso Enriquez por su padre, lo que como hemos visto no fue precisamente garantía de paz y properidad.

A parte de los de Villademoros y los Valdés, estaban en la tierra los Abellos, esforzado linaje que pintaban en su escudo un truebano (o sea, una colmena) con abejas en campo verde y en la otra partición un castaño florido. La ensaña se origina por un oso que se había dedicado a destrozar truebanos a lo largo de toda la comarca y que uno de los Abellos había dado muerte muy esforzadamente.

Pero se nos había quedado un lugar en el tintero. Silvamayor, que sería braña vaqueira andado el tiempo, pues los vaqueiros no se distinguen hasta pasado el s.XV. Llegaría a ser la más grande de todas las brañas vaqueiras y en ella tuvieron lugar hechos extraños, muy extraños

Y no fueron esos las únicas cosas extraordinarias que acontecieron por aquí.

Hay quien asegura que en las noches de tormenta los omes-marinos salen de la "mare de L.luarca" y queman los pajares, matan el ganado y violan a las mujeres con su enorme pene. 

A lo largo del río Negro se teme y se conoce al Pesadiellu, que se esconde en las sombras para traer la desgracia. 

Las xanas dan nombre a la braña de Sinxania, pero nadie se acuerda porqué.   

Pero la más escalofriante de todas las cosas que se cuentan por aquí acontenció en la misma villa de Luarca. Hubo unos años en los que los vecinos de la villa, grandes y pequeños, varones y mujeres, comenzaron a desaparecer misteriosamente. Todos estaban aterrados y acudían a la Ermita de la Virgen Blanca, que se alzaba en lo alto de la Atalaya, pidiendole ayuda y protección para sus fieles. Y violes la Virgen tan desesperados que les habló, diciendoles que el origen de sus desdichas estaba en una cueva escavada por el mar bajo la misma ermita. Bajaron los luarqueses a la cueva llevando consigo la imagen de la Virgen para mejor protegerse y se encontraron con un escena dantesca. En la susodicha cueva se amontonaban los restos despedazados de sus convecinos. Piernas, brazos, manos, troncos y demás, todo ello apestando y cubierto de sangre. Y en el fondo de la cueva estaba ella. Una vieja horrible con un solo y largo colmillo que se escapaba de entre sus labios. La Guaxa, la vampira asturiana, causante de todo mal. Los luarqueses acabaron con ella entre horribles gritos y chillidos y no fue poca la ayuda que les otorgó la Virgen, pues la Guaxa estuvo muy debilitada por la presencia de la Santísima en su cueva.

Post scriptum: con esto quedaría completa la descripción de Valdés y Luarca. Me he permitido algunas licencias como es habitual, la historia de la Guaxa se suele situar en el siglo XVII, más que nada por la referencia que se hace en ella de la Virgen Blanca, que es una talla que según la leyenda por mar a Luarca en los días de la reforma protestante, algunos dicen que arrojada al mar por unos ingleses descreídos. Curiosamente la talla sería encontrada en la misma cueva en la que se refugiaba la vampira. 
Respecto a Silvamayor y los vaqueiros, es difícil no nombrar a estos últimos cuando se habla de Valdés, el concejo pose el mayor número de brañas vaqueiras (58 en la actualidad) y su población vaqueira era y es la más numerosa de toda Asturias. También es el lugar en el que se conserva mayor número de documentos sobre pleitos entre vaqueiros y autoridades. Pero en realidad la razón de que nombre Silvamayor aquí es más simple: es la braña en la que nació mi abuela. 
Algún día escribiré una entrada sobre la vaqueirada. 

Biografía: Tirso de Avilés. Armas y Linajes de Asturias y Antigüedades del Principado. www.torrevillademoros.com/index.php/es/historia. Mitología Asturiana, Alberto Álvarez Peña, Ed. Picu Urriellu. 50 lugares mágicos de Asturias. David Madrazo. Ed. Cydonia. Linajes Asturianos. Luis Alfonso de Carballo. (Evaristo Casariego, "Tierra de Tineo")

viernes, 20 de febrero de 2015

Luarca y Valdés, más acá del río Negro. Parte I

Cuenta la leyenda que los habitantes de una pequeña aldea costera, que se levantaba a ambos lados de un serpenteante río, se vieron sorprendidos una buena mañana por una portentosa embarcación que había aparecido frente a sus costas. El navío, que empequeñecía las embarcaciones con las que los locales se dedicaban a la pesca y caza de ballenas, se acercó hasta el puerto local y una vez allí desembarcó de él un curioso personaje ataviado a la moruna que pidió cortesmente a los lugareños congregados a su alrededor, que le trajeran al sacerdote de la aldea para poder cambiar con él unas palabras. No tardó el cura en aparecer, bien seguramente ya se acercaba de motu propio para adivinar a que venía tanto escándalo, y pudo hablar brevemente con el misterioso desconocido, quién hizo unas señales a los suyos, los cuales desembarcaron a la vista de todos un esplendoroso arca. Apenas lo hicieron volvieron los moros a su embarcación y tan rápidamente como había llegado, se fueron sin dejar ni rastro. Pero si los locales pensaban que se habían acabado aquí los prodigios, se equivocaban, apenas se había alejado de la vista la misteriosa embarcación cuando un terrible aullido rompió el silencio reverencial de los congregados y una enorme manada de lobos, liderados por una bestia de tamaño pavoroso, se abrió paso entre la multitud, que ya se alejaba convenientemente de la cercanía de tan peligrosas bestias, y rodeó el arca depositada en el suelo. Ante asombro de todos las bestias se arrodillaron y humillaron alrededor del arca, dando fe del increíble poder que albergaba en su interior. Desde entonces el lugar se conoció como el Lobo del Arca, que apocopándose se transformó en Luarca (L.luarca en llingüa asturiana), capital del concejo de Valdés. 

 La leyenda se extiende un poco más y nos advierte que las reliquias del arca son las mismas que se guardaron después en la Cámara Santa de la catedral de San Salvador de Oviedo, pero es bien sabido por todos que esas reliquias llegaron a Asturias desde la corte de Toledo a través del Monsacro y por lo tanto esto puede no ser más que una leyenda con afán de conseguir un poco más de lustre. Cosa tonta porque a Luarca no le hace falta mentir para presumir de importancia fue un lugar destacado en los siglos medievales y no es la del arca y los lobos la única leyenda que se cuenta sobre tan insigne villa.

El beso antes de morir del pirata Cambaral y su amada.
Por Nestor Gonzalez
Es bien sabido que hasta la reconquista de Lisboa, allá por el 1147, la ciudad portuguesa era un nido
de piratas almorávides que gustaban de saquear las costas atlánticas y cantábricas que estaban en poder de los cristianos. En una de esas expediciones de saqueo, se acercaron  a las costas de Luarca, y se lanzaron sin piedad sobre una indefensa flotilla de pescadores que faenaban cerca de allí. Cual no sería la sorpresa de los mahometanos cuando los indefensos pescadores se revelaron como fieros guerreros bien pertrechados que cayeron sobre ellos con imparable ferocidad. Los piratas moros habían caído en una emboscada y la mayoría de ellos lo pagaron con su vida. Todos menos uno. Un apuesto moro de la morería, señor del mar, cruel en extremo y famoso por su ingenio que respondía al nombre de Cambaral, fue capturado por los luarqueses y encadenado en las mazmorras de la Atalaya. Se disponían los locales a festejar tan insigne victoria, cuando, como no, la hija del señor de la Atalaya, hermosa doncella, como solo lo pueden ser en las leyendas, se quedo prendada del apuesto prisionero. Se dispuso a ayudarle a escapar y a huir con él, pero el destino les tenía guardado un final más trágico. Fueron sorprendidos por los hombres de la villa, encabezados por el padre de la doncella, quién, como no, se puso hecho un basilisco al ver a su amada hija en manos del infiel. Y la cosa no hizo sino empeorar cuando los enamorados se dieron, delante de todo el mundo, un apasionado beso de despedida. El padre de la doncella no lo soportó más y de un solo mandoble arrancó las cabezas a los dos amantes, las cuales cayeron en el río y se hundieron bajo sus negras aguas. Años después sobre ese mismo lugar se levantaría el conocido como puente del beso.
Hay quién dice que el pirata no era moro, sino vikingo, que todo aconteció en el 880, con los piratas nórdicos desembarcando en la villa y qué el que acabo con él no fue el señor de la atalaya sino un tal Teudo Rico, natural de Villademoros, que acabó con el vikingo, bautizo con su nombre uno de los barrios de la villa, y se quedo con su enseña. En esta versión el nombre del pirata sería Kamboral.

Y no solo por las leyendas fue Luarca un lugar importante. Enclavada en el centro de la costa occidental asturiana, en el territorio de Tineo, y levantada a ambos lados del río Negro, la villa es una de las pocas poblaciones asturianas que gozo de presencia judía en su vecindad. Tan solo Avilés y Oviedo pueden presumir de lo mismo. Y es que la villa medieval tuvo su importancia sobre todo debido a la pesca y a la caza de ballenas. Se organizaba la vida en estos años alrededor de dos barrios principales, la Pescadería y el Cambaral (si, como el pirata), ambos fuertemente vinculados a la pesca, estando exentos sus habitantes de pagar portazgos, ni derechos ningunos sobre lo que hubieran pescado. Un puerto de ballenación, que se convertiría poco a poco en cabecera del concejo circundante; Valdés, del que se hablará más adelante.

La importancia de la villa fue tal que en 1270 Alfonso X, le concede carta puebla, dando origen a la Puebla de Valdés, porque sus habitantes «rescebían muchos males y muchos tuertos de caballeros e de escuderos y de otros homes malfacedores que les robaban e les tomaban lo suyo sin su placer...» Con el soporte que suponía la autoridad real, los luarqueses no tardaron en organizarse con sus vecinos para defenderse de los ataques de tantos malfacedores, en 1277 con las otras pueblas occidentales (del occidente de Asturias, vaya), con las que crea una Hermandad confirmada en La Espina. En 1315 con otros municipios del reino de Castilla en las Cortes de Burgos, creándose la Gran Hermandad del Reino. Y es que en estos años los municipios de hombres libres tenían que asociarse sino querían caer en las manos de algún desaprensivo señor feudal. 

 En esos años a galope de los siglos XIII y XIV se crea otra importante organización en Luarca, la Cofradía de Mareantes, dispuesta a defender los derechos de las gentes del mar. Pescadores, armadores y mercaderes se agrupaban para la mejor defensa de sus intereses. Los marineros de Luarca ya habían sido capaces de enviar una nave a la flota castellana que había sitiado Sevilla en 1248 y se rumorea que entre sus hazañas está la de remontar el Támesis y prender fuego a la mismísima Londres. Pero bien parece esto más un deseo originado por el ansia de revancha contra los corsarios ingleses que tanto gustaban de asolar estas costas.

Estas organizaciones no pudieron, sin embargo, evitar que en 1374 don Enrique de Trastámara quitará a la villa su condición de realengo, y la entregará en posesión a su hijo Alfonso Enriquez, tal vez a modo de venganza contra una puebla que se había mantenido en todo momento fiel a don Pedro I. Claro que gracias a las andanzas del personaje, la puebla pudo recuperar su autonomía en 1395, año de la derrota definitiva de don Alfonso. 

Todavía protagonizará Luarca un último intento de asociación en 1462, que se conoce como Las Cinco Villas y que agrupaba a Luarca, Grado, Pravia, Salas y Miranda. Solicitaron a Isabel la Católica su reconocimiento como entidad, pero muy lacónicamente la soberana delego en el corregidor, la agrupación terminó formando uno de los partidos de la Junta General del Principado.

En cuanto al aspecto de Luarca en estos siglos medievales, a buen seguro que era una puebla pequeña, de poco más de mil habitantes, que se agrupaban en los barrios de la Pescadería y el Cambaral, a ambos lados de la desembocadura del río Negro, y que tendrían más aspecto de aldea que de villa o puebla. Éste último barrio se dividía en Cambaral Bajo, donde se localizaban las defensas medievales, y Cambaral Alto. Era una villa abierta, sin murallas que la protegieran, así que los lugareños confiaban en gran parte su protección a la iglesia de Santa Eulalia, que se remonta a unos cuantos años en el pasado, pudiendo rastrearse su origen a los tiempos del Reino de León, pues Fruela I la donó en 912 a la catedral de Oviedo. En 1440 un hospital de peregrinos se levantó junto a la iglesia, no hay que olvidar que Luarca está en pleno camino de la costa. El hospital fue construido por obra de Alonso Gonzalez Rico, hidalgo originario del Cambaral, cuyo linaje fue muy importante por estas tierras, y se decía de ellos que habían encabezado la resistencia contra los piratas normandos. Algunos hablan que anteriormente a ese hospital existió otro levantado ni más ni menos que por los templarios, pero poco rastro hay de él y más parece leyenda que realidad. En el centro de la villa, casi como mediadora de los dos barrios principales se encontraba la Torre del Merino, levantada en los años de la fundación de la Puebla, y a la que se fueron añadiendo más y más construcciones hasta convertirla poco a poco en casa fuerte.

Los luarqueses buscaban en la iglesia protegerse no solo de los ataques mundanos, sino de los sobrenaturales, pues bien es sabido que el diañu gusta de hacer ruido con el candil para asustar a los que están pescando. Que en Luarca, son muchos.

Post scriptum: En esta ocasión he decidido dividir en varias partes el artículo dedicado a Luarca y Valdés para así empezar a publicar a la vez que profundizo en la investigación sobre historias y leyendas del concejo. Valdés es también el apellido de una importante familia noble asturiana que tiene mucha miga y cuyo solar original se encuentra entre estos valles, así que la cantidad de información que puedo llegar a reunir al respecto puede ser muy exagerada para una sola entrada.
 Rebuscando sobre las curiosidades de Luarca me encontré una y otra vez con la idea de que la Mesa de Mareantes (monumento situado en el Cambaral Alto y construido en los años 50 del s. XX aprovechando los restos de unas defensas levantadas en el s.XVI), era el lugar de reunión del gremio de mareantes y del concejo de la villa para hablar de sus asuntos. Sin embargo consultando fuentes anteriores al s.XX no he visto ni rastro de esta idea y me ha parecido más un mito moderno que una realidad. De todas formas aquí queda consignada la existencia de susodicha mesa.
 Hay dos cosas en Luarca que no tienen origen medieval pero no me resisto a comentar aquí: el cementerio y el museo del calamar gigante.
 El cementerio está colocado en la margen derecha del río Negro, en lo alto del barrio del Cambaral, rozando la Atalaya, que recibe el nombre de las fortificaciones que a partir del siglo XVI defendieron el puerto de Luarca de los ataques de piratas ingleses y franceses (por lo tanto muy cercano a la Mesa de Mareantes). El cementerio, uno de los más hermosos de España seguramente, construido a principios del siglo XIX, cuenta con una buena cantidad de panteones ricamente decorados, construidos por arquitectos de prestigio y que albergan a ricos indianos originarios del lugar (y la tumba del premio nobel Severo Ochoa, oriundo de Luarca). Cuenta con las habituales hileras de nichos que se pueden ver en cualquier otro cementerio, así como tumbas escavadas en la tierra. Prácticamente todas son de color blanco en consonancia con las casas de la villa que son predominantemente de ese color. Lo que más me llamó la atención, sin embargo, fueron las tumbas que se escavaban en la ladera de la colina, varios nichos que aprovechaban el desnivel natural del terreno para dar cobijo a los restos mortales de los finados. Al verlos no pude evitar pensar en que alguno de ellos no era tal y escondía en realidad unas escaleras que descenderían profundamente en la tierra hasta llegar a extrañas cavernas situadas por debajo del nivel del mar.
 Y aquí entra el Museo del Calamar Gigante.
Durante apenas cuatro años, a los pies de la Atalaya, y muy cerca del Cementerio de Luarca, se alzó frente a la mar el susodicho museo, albergando 31 ejemplares de calamar gigante, especie que según un buen amigo mio, marinero él, era de sobras conocida desde antiguo, pero no aprovechada por su fuerte sabor a amoniaco. El museo fue destrozado por un furioso temporal en 2014 y ahora solo quedan los restos, que fueron rematados por las acciones de unos vándalos.
 Con estas piezas; un cementerio, un museo de calamares gigantes, ambos frente al mar, y un empinado espolón que es rematado en su punta más septentrional por un faro, no pude sino imaginar una historia en la que, como dije, una de las tumbas oculta unas escaleras que descienden a un mundo submarino, habitado por extrañas criaturas adoradoras de poderosos monstruos tentaculados, que invocan las fuerzas de la mar para destrozar lo que a sus ojos es una afrenta a sus dioses acuáticos. No es historia para Aquelarre, lo se, pero bien cabe en La Llamada de Cthulhu, Cultos Innombrables o cualquier otro juego de rol de temática terrorífica y misteriosa. ¿O no?

Ideas de aventuras:

  • Los Pjs acaban de llegar a la villa de Luarca y como es demasiado tarde solo han conseguido refugio en un pequeño chamizo que los pescadores usan para guardar sus redes y aperos. En medio de la noche les sorprende el tintinear de un candil, una fantasmagórica luz se mueve frente a ellos en el mar. ¡El diañu! No, una embarcación pirata que planea saquear la villa mientras sus habitantes duermen. 
  • Varias barcas de pescadores han desparecido recientemente mientras faenaban, el gremio de mareantes organiza una expedición para buscar los restos de las embarcaciones. Ninguno de los tripulantes espera enfrentarse con un gigantesco monstruo surgido de las más oscuras simas marítimas.

Bibliografía: www.el-caminoreal.com, Guía Práctica de Monumentos Asturianos (ed. Everest), Asturias Legendaria (El Comercio, La Voz de Avilés), Asturias (Fermín Canella y Octavio Belmunt) 

lunes, 25 de agosto de 2014

Alfonso Enriquez, el gran rebelde.

Hijo bastardo de Enrique de Trastámara y Elvira Iñiguez "La Corita", dama de compañía de los Garcilaso de la Vega, nace en Asturias en 1355 mientras su padre reclutaba fuerzas para una de sus revueltas.

El reinado de Enrique II
Poco se sabe de su infancia hasta que el 13 de abril de 1367 se le localiza junto a su padre en la batalla de Nájera, donde presenció el descalabro de los suyos ante las tropas del Príncipe Negro. Como es bien sabido la derrota del Trastámara no supuso el fin de la guerra y en 1368 se encuentran, padre e hijo, asediando Toledo, donde Alfonso es nombrado por obra y gracia de su padre, señor de Noreña, titulo que don Enrique había heredado de Rodrigo Álvarez de las Asturias y que ahora transfería a su bastardo. Se habituaba el hijo de don Enrique a la guerra y en 1369 está junto a su padre en Montiel, donde todo acaba.
Nombrado caballero por su padre en Santiago de Compostela en 1372 y ascendido a la categoría de conde de Noreña y Gijón y de "La Puebla de Villaviciosa, e la de Colunga, con Cangas de Onís, e Cabranes, e Pongrin (Ponga) e Mariñán, e Parras(Parres) e Piloña, e Caso, e Haller, e las Pueblas de Grado, e de Pravia, e de Valdés, e de Salas, e de Luarca, con todos sus términos, e vasallos e fijos dalgo, e fueros, e con todas sus rentas, e pechos, e derechos, e con todas sus pertenencias, e con todo el señorío real e mero-mixto imperio...", este mismo año comienza a guerrear en Galicia contra los focos petristas que se mantenían rebeldes. Al año siguiente acompaña a su padre en la guerra contra Portugal, cuyo rey había recogido la antorcha del legitimismo petrista. Durante esta campaña toma y saquea Cascaes.
 Con la firma de la paz con Portugal se estipula que don Alfonso se casaría con una de las hijas del rey portugues, doña Isabel, a la sazón de ocho años, con lo que habría que esperar para realizar en el enlace. Alfonso, de 18 años se niega a casarse con la infanta portuguesa y huye a Francia desde Asturias. Desembarca en La Rochelle y busca el apoyo de Carlos V y del Papa Greorio XI, mientras en Castilla su padre le confisca todos sus bienes.
El rey de Francia, que estaba aliado con Castilla y había colaborado en la llegada al trono de Enrique II y no quería perder el apoyo de la marina castellana, aconseja a Alfonso que vuelva a Castilla y haga caso a su padre, pero el incipiente rebelde retrasa su regreso hasta 1376. Y es entonces cuando la que no se quiere casar es la infanta portuguesa, que se había enterado de que don Alfonso no la quería. Finalmente se celebra el matrimonio en Burgos en 1377, oficiado por el Arzobispo de Santiago, que pregunto por tres dos al conde de Noreña si quería casarse con la infanta portuguesa. Pero el conde permanecía en silencio. A la tercera vez que el arzobispo preguntó el rey don Enrique obligó a su hijo a contestar que sí. Pero todos los presentes tuvieron claro que había sido un "sí" forzado.
Se suele apuntar que uno de los motivos por los que el conde de Noreña pudiera no haber deseado ese matrimonio es por la ambición misma del conde, al cual, bastardo como él era, le parecía poco casarse con otra bastarda, por mucho que lo fuera del rey de Portugal, y apuntan esas mismas voces que don Alfonso albergaba la esperanza de casarse con la hija mayor y legitima del portugues. De ahí su negativa. Pero otras voces hablan del romance que don Alfonso mantenía con otra noble asturiana, doña Inés de Soto, del linaje de los Miranda. No es seguro que se conocieran ya en tan temprana fecha, pero si lo hicieran sería una buena (y romántica) explicación para la testarudez del conde en su casamiento.
El matrimonio no fue consumado, pero los cónyuges permanecieron juntos poco tiempo porque de nuevo la guerra, está vez contra Navarra, requirió de los servicios del joven pero experimentado guerrero.
Navia pertenecía a Pierre de Villaines, capitán francés de don Enrique, Ibias a Diego Fernández, Belmonte era un abadengo y Oviedo, Avilés, Lena y Llanes eran concejos independientes, no sujetos a ningún señor feudal.
A finales de 1379 la rápida campaña había concluido y lo mismo ocurrió con el rey don Enrique, que murió enfermo a finales de año.
 Don Alfonso tenía un nuevo señor, su hermanastro legitimo pero menor que subía al trono como Juan I. A éste don Alfonso no lo respetaba tanto como a su padre.
El reinado de Juan I
Para empezar, ya en 1380, el conde de Noreña se hace con las rentas del alfolí de Aviles, fuente de gran riqueza que controlaba prácticamente todo el tráfico de sal de casi todo el viejo reino de León. A continuación el conde hizo lo que no se atrevió en vida de su padre: solicitar la nulidad de su matrimonio con Isabel de Portugal, una humillación para la joven infanta, pero un peligro para las todavía tirantes relaciones con el reino vecino.
 El siguiente paso del conde fue intentar recaudar impuestos en tierras pertenecientes a al cabildo de la catedral. La reacción real fue inmediata y Juan I exigió al conde que se abstuviera de ello. El conde dio un paso atrás, pero solo para comenzar a conspirar con el Adelantado Mayor de Castilla contra el propio rey. Por suerte para el reino el propio hermano del Adelantado destapo la conjura. Alfonso Enriquez salió indemne, no así el adelantado que perdió cargo y libertad, pues acabo con sus huesos en la cárcel de Palencia.
 Las relaciones con Portugal se iban deteriorando a pasos agigantados. El rey de Castilla descubrió una conjura de los reyes de Portugal e Inglaterra para hacerse con su reino y se desplazó a Salamanca para prepararse para la guerra. Y es entonces cuando tiene conocimiento de que su hermano, desde Asturias, planea complotar con los enemigos del reino. A marchas forzadas el Juan I parte hacia Oviedo dispuesto a acabar con su hermano, pero don Alfonso no pierde el tiempo y solicita el perdón real antes de que la sangre llegue al río. En apenas dos años el conde de Noreña había sido descubierto en dos conjuras.
 El rey don Juan perdonó a su hermano y abandono Asturias de vuelta a la ralla con Portugal, pero no sin antes dejar aseguradas las Asturias de Oviedo, el formidable Gutierre de Toledo, obispo de Oviedo, será su hombre fuerte en la región y demostrará estar a la altura de las circunstancias. El rey ordena a todos "los concejos e iueces, e otros qualesquier oficiales de todas las villas, lugares e cotos..." que obedeciesen al obispo en todo lo que ordenase.
 Bloqueado en Asturias por el enérgico obispo don Alfonso buscó maneras más sutiles para subvertir el poder de su hermano. Solicitó unirse a la embajada que se dirigía a Portugal con el pretexto de intentar hacer las paces con el país vecino, pero cuando la susodicha misión le fue concedida no perdió el tiempo y apenas pasó a Portugal ofreció sus servicios a lusos e ingleses. Y no debió de ser muy disimulado porqué de nuevo el rey don Juan tuvo noticias de la nueva traición de su hermanastro. Por si fuera poco el Duque de Lancaster, Juan de Gante, desembarcaba en Galicia titulándose rey de Castilla.
 Sin embargo, ni los ingleses ni los portugueses quisieron saber nada del conspirador conde, que se vió abandonado por todos en Portugal, mientras en Asturias don Gutierre se hacía con el control de todas sus posesiones. Fracasado de nuevo su intento de conspiración, y ya era el tercero, de nuevo don Alfonso solicita el perdón real.
 Y se le concede.
Y apenas llega a Asturias don Alfonso comienza a abastecer sus castillos y casas fuertes, en claro desafió al monarca, su hermanastro. Llega incluso a intentar sabotear las paces que se estaban firmando con Portugal y que culminarían con la boda del rey don Juan con la infanta portuguesa Beatriz. Pero de nuevo el conde fracaso en sus burdos intentos de intrigar y el rey se dispone a doblegarlo por la fuerza. Se abastecen cuatro galeras para patrullar la costa asturiana y se ordena a las naves de Santander que apoyen en lo necesario la operación. Cuatro capitanes; Pedro Fernández de Velasco, Pedro Ruiz Sarmiento, Gonzalo Martinez de Guzman y Pedro Suarez de Quiñones, serán los encargados de hacer la guerra por tierra al conde, todos ellos estarán bajo las ordenes del obispo don Gutierre.
Es el verano de 1383.
 La resistencia fue dura, pero a finales de año todos los partidarios del conde habían sido reducidos. Especialmente violentos fueron los asedios del castillo de Tineo y del castillo de Vallado, en Cangas del Narcea, así mismo Arias Omaña luchó por el rey en la montaña Leonesa reduciendo a los partidarios del conde y matando a Rodrigo de Orda que era "mancebo muy valiente". De los Omaña ya hemos hablado en otro sitio.
 Derrotado en todos los frentes don Alfonso se refugio en la fortaleza de Gijón, villa con potentes murallas romanas que se encaramaba al cerro de Santa Catalina, pequeña península unida a tierra por un estrecho istmo que quedaba casi aislado con la marea alta. Junto al conde se refugiaban varios caballeros ingleses que quedaban en Castilla "de pasadas guerras". Esta vez el conde estaba dispuesto a todo y cuando el rey, a mediado de Julio, se acercó en persona a parlamentar lo recibió a ballestazos. Iniciándose entonces el asedio propiamente dicho.
 Pero los rebeldes se sabían cercados por tierra y mar. Y don Alfonso no debía de ser demasiado bien valorado, porqué apenas se iniciaron las hostilidades una parte de los sitiadores abrieron las puertas a los soldados del rey. El conde de Noreña, derrotado de nuevo, no tuvo más remedio que solicitar de nuevo el perdón real. Era la cuarta vez.
 Y está vez el rey perdona pero no olvida. Se concede el perdón a todos los vasallos del conde, excepto aquellos que habían defendido Tineo y Vallado, se concede Valencia de don Juan con título de condado a don Alfonso, pero se le retiran todas sus posesiones asturianas, que pasarán a la corona, excepto el condado de Noreña, que se entrega al obispo de Oviedo, en agradecimiento de sus buenos servicios. A su vez se ordenan batir muchas de las fortalezas asturianas, que solían ser usadas por los "nobles robadores" para saquear la tierra, siendo el caso más significativo el del castillo de Tudela de Oviedo, que había sido erigido por Alfonso III allá en el siglo X y en su dilatada historia había tanto protegido como amenazado a la ciudad. Por último el conde entregaría como rehenes a su hija Beatriz y a su esposa Isabel (si, la misma de antes, parece ser que no se llego a culminar la anulación y los cónyuges se habían reconciliado). Alejado de las montañosas tierras asturianas el conde rebelde ya no parecía ser un peligro.
 Pero las andanzas de don Alfonso estaban lejos de terminar. La muerte de Fernando I de Portugal desemboco en una crisis dinástica que tanto el rey de Castilla como su hermanastro quisieron aprovechar en beneficio propio. A los dos les salió mal la jugada. Don Alfonso quiso de nuevo, ahora desde Valencia de don Juan, conspirar con los portugueses, pero una vez más fue descubierto y en está ocasión fue enviado, cargado de cadenas, al alcázar de Toledo, se pasaría unos cuantos años en esta y otras prisiones. Al rey don Juan la cuestión portuguesa también le salió cara. La sangre de los castellanos se derramaría en abundancia en Aljubarrota poniendo fin a la guerra con Portugal, que escogía a la dinastía de Avis como nuevos monarcas. Lamiéndose las heridas don Juan volvió a Castilla solo para ver como el Duque de Lancaster desembarcaba de nuevo en Galicia dispuesto a arrebatarle la corona, ayudado ahora por los vengativos portugueses.
 Pero la invasión anglo-lusa fracaso y Juan de Gante se avino a negociar con Juan de Trastamara. Se acordó el matrimonio de Catalina de Lancaster, hija del Duque, con don Enrique de Trastamara, hijo del rey y ambos los dos recibirían el título de Príncipes de Asturias, vinculando se desde entonces todos los señoríos de la región al heredero de la corona. Si don Alfonso no se hubiera rebelado y sus tierras no hubiesen sido requisadas está solución no hubiera sido posible. Pero el conde había sido demasiado ambicioso y ahora su viejo solar asturiano, desde el que tantos y tantos se habían rebelado, quedaba bajo el control directo del heredero al trono. Estamos en 1388 y había nacido el Principado de Asturias.
 Apenas dos años después Juan I moría en una aparatosa caída de caballo.

El reinado de Enrique III
Don Enrique era todavía un niño cuando su padre muere en el desdichado accidente y como solía suceder en estos casos, la regencia del monarca desato una sorda lucha de poder entre diferentes facciones del reino. Era cuestión de tiempo que algunos de ellos acudieran al encerrado don Alfonso, que era el tío mayor del joven rey, para desequilibrar la balanza y en 1392, seis años después de haber sido encerrado, don Alfonso es puesto en libertad y sus posesiones en Asturias restituidas.
 Sin embargo, tras intensas negociaciones y diplomacias, las regencias del nuevo rey fueron poco satisfactorias para don Alfonso y sus parientes, los otros miembros de la casa de Trastamára, que se veían alejados del poder real, siendo sustituidos por las Cortes y por los linajes de segunda fila. Gentes ambiciosas y orgullosas como eran los Trastamára (el Duque de Benavente, el Conde de Trastamára, la reina Leonor de Navarra y el propio don Alfonso Enriquez) no iban a tardar en rebelarse, pero incapaces de organizarse minimamente y teniendo como único objetivo colmar su propia ambición, no tardarían en ser derrotados uno a uno por el joven rey, que ya en 1393 era declarado mayor de edad.
 A comienzos del año siguiente se reúnen los conjurados en las tierras de Lillo, al norte de León, a donde se dirige rápidamente el monarca con un ejercito de 2000 hombres. La decidida actitud del rey hace flaquear a los conjurados que no tardan en deponer su actitud y volver a la obediencia del rey. Todos menos uno. El viejo conde de Noreña.
 El rey se dispone a entrar en Asturias con gentes de armas para acabar de una vez por todas con el rebelde. Se dispone que una flota de naves cantabras parta hacía Asturias para poner sitio a Gijón, la más formidable fortaleza del conde. Al mismo tiempo Enrique III jura en la iglesia de Santa María de la Regla de León desposeer al conde de todos sus bienes.
Presto para la defensa el conde fortificó no solo Gijón, sino también el poderoso castillo de San Martín, en la desembocadura del Nalón, dejando a cargo de la defensa a un hijo bastardo suyo. Intentó hacerse con el control de Oviedo, que en un principio le abre las puertas de su alcazar, pero que al enterarse sus ciudadanos de las aviesas intenciones del conde de Noreña, no dudan en armarse en intentar acabar con él en el castillo de la ciudad. Don Alfonso logra salvarse y reunirse con los suyos extramuros, pero la capital del principado se escapa de sus manos.
 El cerco a Gijón fue el escenario principal de la lucha, cuyo punto destacado fue la quema por parte de los sitiadores de unas barcas que don Alfonso tenía amarradas al lado de la ciudadela. Los defensores intentaron evitar el golpe de mano, pero fue en vano, las barcas ardieron y el cerco, por mar y tierra se estrechaba sobre Gijón. Por cierto que se estrenaba en los hechos de armas el futuro corsario castellano Pero Niño.
 Pero el invierno se acercaba y un ejercito de 400 caballeros y 2000 escuderos y ballesteros era difícil de sostener en Asturias, donde la tierra "es muy fragosa" y don Enrique tenía miedo de quedar aislado de la meseta por el duro invierno asturiano, por lo que se recurrió de nuevo a la vía de la negociación. En esta ocasión las partes se concedieron un plazo de seis meses para que el rey de Francia dictara sentencia arbitral sobre el contencioso.
Juan Pablo Moratiel nos ofrece su visión del conde
 Alfonso Enriquez complotando con sus hombres.
 Pero se acaba el plazo y don Alfonso no aparece por Francia y cuando lo hace comienza a reclutar mercenarios y a intentar confundir a la corte francesa con mentiras flagrantes sobre su situación y el porqué se ha sublevado. El rey de Francia no llega a dictar sentencia pero recomienda a don Alfonso que se vuelva a la obediencia real y de paso prohíbe a los suyos alistarse a las ordenes del conde. Pero eso no detuvo al conde en su búsqueda de aliados pues parece que apareció por tierras de Bayona, que pertenecían a los ingleses y recluto para su socorro al por entonces famoso pirata Harry Pay de Poole, al que ofreció refugio en Gijón para que sus naves saquearan a placer el litoral gallego.
Mientras tanto en Castilla el rey Enrique había puesto sobre aviso al Adelantado Mayor de León Pedro Suarez de Quiñones para que se tomaran las medidas necesarias para mantener la tierra de Asturias, mientras él se acercaba desde Alcalá de Henares. Cuando el rey llega a León y tiene noticias de lo acontecido en Francia se dispone a poner sitio de forma definitiva a Gijón.
Don Alfonso ya estaba de vuelta en Gijón para cuando comenzó el asedio de 1395, pero las fuerzas en su contra eran tan formidables y el cerco tan estrecho, que decidió volver a Bayona para buscar más ayuda de los ingleses dejando al cargo de la defensa a su mujer Isabel de Portugal, aquella niña con la que no había querido casarse años atrás. La portuguesa, que era "mujer muy varonil" y contaba con caballeros muy valerosos, defendió ferozmente la ciudadela, que estaba siendo sometida a un intenso fuego de artillería, pues parece que no menos de 70 carros tirados por bueyes habían transportado una importante cantidad de bombardas al sitio. Volvió a destacar en la lucha Pero Niño, que quemó el palenque que defendía la torre de Villaviciosa. Algunos dicen que ese palenque había sido levantado por "Arrypay" para defender sus naves.
En los meses de Julio-Agosto, se fue desarrollando una lucha violentisima entre las partidarios del conde y los del rey, pero la lucha llego a su fin cuando los sitiadores instalaron frente a las puertas la conocida como "bombarda de Gijón", un artilugio tan grande y aterrador que los defensores saltaron de sus adarves nada más verla. La visión del ingenio y la perdida de esperanza de un rescate por parte de don Alfonso forzaron a la condesa Isabel a entregar la plaza. Gijón se rendía al rey después de un duro asedio.
 Harry Pay de Poole pudo huir del sitio y parece ser que incendió parte de la villa de la que escapaba, tal vez para cubrirse las espaldas y sembrar un poco de confusión. El resultado no le debió parecer mal al rey Enrique III que decidió demoler la ciudad rebelde por completo, excepción hecha de la iglesia de Santa Catalina, quedando convertido en un despoblado la villa que tantas veces había sido sitiada por los ejércitos reales. Pasaría un siglo entero hasta que se volviera a ocupar el lugar.
 ¿Y don Alfonso? El padre Carvallo dice que vivió "desterrado de estos reinos" por el resto de sus días. Se dice que el rey Enrique III mando a un tal Pedro Gonzalez de Agüero, caballero cántabro, a prender y matar al conde, quién todavía se encontraba en Bayona. Don Pedro capturó en San Juan de Luz a don Alfonso, pero recibió contra orden del rey de liberar al viejo rebelde. El cántabro así lo hizo y volvió a tierras de Castilla.
 Y esa es la última vez que se oye hablar del conde de Noreña. Más adelante su mujer vuelve a aparecer por tierras de Portugal, donde ya parece que es viuda, y uno de sus hijos, posiblemente el bastardo Fernando que defendió el castillo de San Martín solicitó el perdón papal para poder ingresar como presbítero en un monasterio de Palencia. En Portugal los descendientes del conde darían lugar a la casa de Noronha.
Ideas de Aventuras:

  • Los hombres del conde de Noreña han estado recaudando impuesto por las tierras de Siero. Una pequeña y pobre aldea prevenida de que los planes del malvado conde ha reunido un pequeña cantidad de dinero con la que pretende reclutar a siete mercenarios para que la defiendan del noble-bandido. ¿Aceptarán los personajes trabajar por tan poco dinero para salvar a unos miseros campesinos?
  • En las ruinas del castillo de Tudela, mandado derribar por Juan I durante una de las revueltas del conde, dicen que se ocultan un gran tesoro en unas galerías subterráneas que comunicaban el castillo con el río Nalón. El conde de Noreña ha oído hablar de ese tesoro y ha contratado a los personajes para que lo recuperen lo más rápidamente posible. Lo que nadie sabe es que las galerías bajo el castillo han sido cavadas hace cientos de años por los misteriosos mouros, los cuales no están dispuestos a que nadie les robe su tesoro.

Post scriptum: Alfonso Enriquez fue un hombre ambicioso que fracasó en todas sus sublevaciones para ser perdonado una y otra vez por los sucesivos reyes Trastamára. No deja de ser un triste emulo de su padre, bastardo como él, que también se sublevo varias veces contra el rey legítimo, pero que, al contrario que el conde, triunfó en su última batalla y logró hacerse con la corona. Don Alfonso no pudo o no supo conseguir los mismos éxitos que su padre, lo que lo convierte de alguna manera en un personaje un tanto tragicomico, casi un villano de opereta, que no deja de sublevarse y rebelarse para terminar, invariablemente fracasando. Casi como si fuera un villano al estilo "Pierre Nodoyuna".
 Lo cierto es que sus acciones tuvieron un efecto transcendental en el reino de Castilla, pues contribuyo, a su pesar, a la creación del Principado de Asturias, al fortalecimiento de las Cortes y al afianzamiento de la corona. Todo ello a base de fracasar, claro.
 En Asturias sus acciones trastocaron por completo el panorama. No solo el Principado colocaba bajo jurisdicción del heredero de la corona unas tierras que no habían hecho más que dar quebraderos de cabeza a los distintos reyes en los últimos cincuenta años, sino que desde entonces el obispo de Oviedo sería también conde de Noreña y, lo que fue muy importante para el s.XV asturiano, se afianzó el dominio en Asturias de una nueva casa noble; los Quiñones leoneses, quienes dominarían la región con puño de hierro hasta el reinado de los Reyes Católicos.
He tenido que simplificar un tanto la última parte de la vida del conde. Su último levantamiento se enmarca en un contexto más amplio de rebelión de la alta nobleza en defensa de sus intereses frente a las Cortes, la Corona y los linajes de segunda fila, que estuvo condenado al fracaso por la propia impericia de los sublevados. Entrar en detalles me pareció demasiado farragoso.
Respecto a Harry Pay de Poole, pirata inglés de la época, las versiones son contradictorias. En unas se dice que era amante de Isabel de Portugal, la esposa del conde, en otras que fue contratado por don Alfonso, en otras que prende fuego a Gijón después del sitio, es decir, como si Gijón no hubiese sido destruido por orden del rey Enrique "el Doliente". He escogido un poco de cada una y me he quedado con una visión en la que "Arrypay" pudo haberse enfrentado a Pero Niño y escapo de Gijón prendiendo fuego a la villa. Si era amante o no de doña Isabel queda a gusto de cada uno.
Y eso es todo sobre el conde don Alfonso Enriquez, gran rebelde, mal conspirador y buen villano para quién lo quiera usar en sus historias.

Bibliografía: "Historia dibujada de Asturias"  Texto y guión de Carlos María de Luis, dibujos de Adolfo García, "El conde don Alfonso" de Juan Uría Maqua,  "Antigüedades y cosas memorables del Principado de Asturias" del Padre Carvallo y www.gespacho.com/TodoASTURIAS/Concejos/GijonSXIV.html.