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martes, 26 de enero de 2021

Mouros, xanas, xaninos y galigrecos

De los viejos habitantes  

A lo largo de toda la geografía asturiana nos encontramos constantemente con menciones y referencias a los misteriosos "mouros" y a las no menos fascinantes xanas. Si bien estás últimas están siempre asociadas al agua; ríos, lagos, puentes; los primeros parecen ocultarse en profundas simas, bajo antiguas ruinas o en palacios sumergidos en las innumerables charcas y lagunas de la tierra asturiana. 

Mouros, xanas y galigrecos
La xana la fonte clara
A estos mouros se les nombra casi siempre de manera anecdótica y poco concisa: "esto era de los mouros", "aquí vivían los mouros", "salen los mouros una vez al año", "es un tesoro de los mouros", "lo escondieron los mouros" etc. Los mouros estaban y se fueron, pero parecen haber dejado tras de sí unas cuantas cosas. Casi siempre oro. Mucho oro. 


En ocasiones parecen querer confundirse con los moros históricos, los de la morería, que en el relato mítico de los asturianos siempre están huyendo de la furia de Pelayo y sus hombres. En su retirada dejan atrás a una doncella, hermosa y encantada bajo alguna magia que, las más de las veces vigila y protege un tesoro y pasa, así, al mundo mitológico de los otros mouros

En ambos casos, histórico y mítico, la palabra mouro/moro parece hacer referencia a alguien o algo no cristiano. Que se sitúa fuera del mundo racional, pues lo lógico, en este relato mitológico, es ser cristiano. Si Dios creo el cielo y la tierra y mantiene las dos en su sitio solo quien no es racional no puede creer en Él. Y solo hay una manera de creer en Él que es ser cristiano.  Por lo tanto quienes no creen solo pueden ser criaturas mágicas de extraños poderes que viven a caballo entre nuestro mundo y el otro. Sus ruinas y restos están con nosotros aquí, pero ellos están más allá, en ese mundo subterráneo y sumergido. 

De las mouras y las xanas 

De los mouros en sí se sabe bastante poco, pues nadie parece haberles visto. Al menos no con claridad. Así que no hay una descripción fidedigna de los mismos. A las mouras sí que se las ve, o al menos se las describe, que son siempre guapas y, a menudo, muy rubias de cabellera (tan dorada como los áureos tesoros que custodian). 
Pero esto de las mouras es un problema, porque se parecen demasiado a las xanas. 
Son guapas, rubias, custodian un tesoro o prometen riquezas. Las semejanzas son abundantes, aunque sí es cierto que las xanas suelen estar más individualizas, algunas incluso tienen nombre y casi siempre ese nombre es Ana. Además las xanas parecen estar ligadas a un lugar concreto que llevan habitando desde siempre, desde que el mundo es mundo. 

De las xanas y los xanos y los xuanes

Además de xanas, hay xanos. O eso parece. A los xanos tampoco los ha visto nadie y parecen ser tan esquivos como los mouros. Incluso podríamos decir que son lo mismo si estiramos un poco el limite de nuestra imaginación. A los xanos no hay que confundirlos con los Xuanes, que son numenes de extraños poderes, por lo general relacionados con el clima, como Xuan Cabritu, Xuan de la Borrina, Xuan Barberu, Xuan Blancu... 
Tal vez, y solo tal vez, los antiguos astures llamaban xana, xanu y xuan a criaturas semidivinas que se situaban más allá de su comprensión pero que, en realidad, les ayudaban a entender ese mundo peligroso y desconocido que les rodeaba. Xuan Cabritu controlaba las nubes y el granizo, Xuan de la Borrina la niebla, Xuan Blancu y Barberu... ya se ha olvidado
Tal vez, y solo tal vez, los antiguos astures mezclaron en algún momento de su historia legendaria a las xanas y los xanes con los mouros y las mouras, pues todos ellos estaban lejos, eran desconocidos y, los más importante, no eran cristianos. En la mente colectiva de los asturianos unos y otros habían estado antes en Asturias, pero se habían ido, expulsados al parecer, y no habían dejado atrás nada más que un borroso recuerdo. 
Tal vez, y solo tal vez, xanas y mouras y xanos y mouros fuesen para los asturianos la misma cosa aunque ellos ni siquiera se diesen cuenta. 

Todo es mentira

Lo que el lector se va a encontrar a continuación es todo mentira. Es un desvarío, una fantasía, un cuento, un leyenda inventada en noches insomnio. Es indemostrable, acientífico y poco o nada metódico. Va a forzar las pruebas, retorcer las leyendas, casi va a inventar otras nuevas y va a ignorar las que no interesan o no encajan con el relato. Es todo una mentira y una manipulación que pretende engañar a la Historia y a la Leyenda. Y si os lo creéis va a ser solo culpa vuestra

Xanos, galigrecos y xigantes

Dejemos a un lado el aspecto de los mouros,  por el momento nos nos interesa, y centrémonos en su nomenclatura. 
Las leyendas más habituales les llamas mouros, o xentiles, o xentiles galigrecos.  En todos estos casos queda una cosa clara: no son cristianos se llamen como se llamen. Son de antes de los cristianos. A los xanos no se les nombra, casi parece que no existan. 
¿O sí?
Mouros, galigrecos, xentiles y xigantes parecen tener querencia por las grandes piedras y los tesoros escondidos. Les gusta el oro, mucho. Y lo atesoran en sus palacios y ciudad subterráneas. Menos los xigantes, que acaban de aparecer en nuestro relato y que no viven bajo tierra. Difícilmente podrían entrar en los angostos túneles que llevan a los hogares de los mouros. 
A no ser...

A no ser que mouros y xigantes fueran parte de una misma y antigua raza que huyó de los humanos separándose en dos rutas de escape distintas. Los xigantes se ocultaron en cuevas y en lo más profundo de los densos bosques asturianos. Los mouros excavaron túneles y esculpieron ciudades bajo tierra. Los unos se asalvajaron y asilvestraron  y aumentaron de tamaño descomunalmente. Los otros se civilizaron y sofisticaron y mantuvieron el tamaño de los humanos normales, aunque tirando a altos, para poder moverse por sus túneles. 
Mouros, xanas y galigrecos
Mouro, xigante o xano
Los xigantes, sobre todo los de las cuevas, son brutales y caníbales, y gustan de devorar a los incautos que se adentran en sus cavernas atraídos por el rumor de oro y riquezas. 
Los mouros son magos, no se han comido a nadie que se sepa y pueden transmutar su cuerpo, al menos pueden adoptar la forma de una serpiente ¡incluso de un temible cuelebre!. Y esto último los vincula con las xanas. Las xanas también se transforman en culebrón o, al menos, tiene un cuelebre cerca, haciendo las veces de guardián y carcelero. Así que a xanas y mouros les gusta el oro y las serpientes. Y la magia, claro. 

Más aún, los mouros, en su huida, dejaron atrás, como ya se ha dicho, a algunas de sus doncellas, hijas o hermanas, que por fuerza de un maldición o magia paterna (o al menos machirula) terminan convertidas en encantos o encantadas, casi siempre cerca o dentro de una fuente, una poza, un arroyo, a veces en cuevas. 

Pues yo digo que esas encantadas son también xanas y que, por lo tanto, son las xanas son las hijas de los mouros. Al menos algunas xanas. Al menos en algunas ocasiones. Y si las xanas son las hijas de los mouros, los mouros son xanos. 

Pero esto es todo mentira y no os lo deberíais creer.  

La Vieya

Hay alguien más a quién le gustan las piedras grandes más allá de xentiles y xigantes. No tiene nombre conocido, así que se la nombra simplemente como La Vieya, o también La Filandera. Los menhires y las piedras grandes en general son suyas. Las colocaron allí los xigantes, antes de que el tiempo fuese tiempo, pero no fue por capricho, sino para La Vieya, pues estos gigantescos monolitos son los husos que ella utiliza para hilar sus hilos de oro
En general a los monolitos se les llama simplemente "las piedras" o "as pedras" y son de "La Señora", "La Vieya", "A Filandera"... Poco más se sabe de esta misteriosa anciana. Pero es grande, muy grande, tanto como para hilar en una gigantesca peña que se alza muy cerca de Oviedo a la orilla del Nalón y que es conocida como "Fuso la reina", el huso de la reina. Y esta reina es ella, La Vieya, La Señora. 
Esta reina gigante hasta lo descomunal es la diosa de su estirpe, de los xigantes, que para eso levantaron sus piedras, para adorarla y que pudiese continuar su labor, su eterno hilar de hilos de oro. Aunque nadie sepa ya para que son esos hilos. 
Es la dueña también del arco multicolor que cruza los cielos cuando el sol despunta después de llover, por eso los asturianos lo llaman "L'arcu la Vieya". Una vieya filandera y xiganta. La diosa primigenia de los mouros y los xigantes.  
Pero esto también es mentira

Los xaninos

Las xanas tienen hijos que son conocidos como "xaninos", "xanín" en singular. Parece que son siempre varones, aunque esto no está muy claro, de piel oscura y pelo abundante. 
A veces sus madres no parecen estar atadas a ningún sitio, como suele ser habitual en las xanas, y se mueven de un lado para otro con el xanín a cuestas para intentar intercambiarlo por algún bebe humano cuya madre esté despistada. Hay quién dice que esto lo hacen porque los xaninos son voraces y absorben dolorosamente la energía de las madres al mamar, hasta matarlas; otros afirman que, en realidad, las xanas no pueden amamantar; otros que la leche de las mujeres humanas es mucho más nutritiva que la de las xanas, pero en realidad nadie sabe porqué lo hacen. Lo que ocurre es que el xanín, peludo y de piel oscura no suele engañar a la disgustada madre humana que, como buena asturiana, tiene siempre a mano un ensalmo para expulsar de su casa tan desagradable compañía (¡Toma al to peludín, dame al mi mocosín!). La xana, descubierta, no tiene más remedio que desfacer el entuerto y escapar con su progenie en brazos. 
De los padres de los xaninos, presumiblemente los xanos, no se sabe nada, como ya se ha dicho, pero no son humanos. No es que a los humanos no les guste ayuntarse con  las xanas, que son rubias, guapas y con posibles, sino que los hijos de humanos y xanas son simples humanos. La prueba de esto es que el único caso conocido, el de la noble familia de Velarde, cuyo antepasado se desposo con una de estas criaturas, es totalmente humana. No hay que quitar merito a los Velarde, la gran mayoría de humanos que intenta seducir a una xana terminan ahogados en el fondo de una sus pozas. 
No, los xaninos no son hijos de humanos, son hijos de xanos. O de mouros. 
Los xaninos, como hemos dicho, son de piel oscuro. La palabra "mouro" viene del latín "maurus", que significa "negro, oscuro". Los xaninos son los hijos y los nietos de los mouros. 
Pero esto también es mentira

Xigantas

Hay xanos y hay xigantas. A las segundas se las llama en muchas ocasiones "mouras" y esto no es mentira, por lo que mouros y xigantes son una misma cosa como ya se ha dicho machaconamente. Pero esto último sí que puede que sea mentira. 
A las mouras les gustan los dólmenes y también les gusta hilar a semejanza de La Vieya. Mientras hilan las xigantas se colocan las piedras que rematan el dolmen sobre la cabeza haciendo equilibrio. Nadie sabe porqué, pero puede que lo hagan en imitación o en honor de La Vieya, su señora. 
A las xigantas, como a las xanas, les gustan los ríos y, aunque no viven en ellos, levantan presas y canales en su cauce para crear estanques en los que lavar el oro que tanto les fascina. Estos canales reciben el nombre de "antiguas". 

Los reyes

Que los xentiles galigrecos estaban gobernados por poderosos reyes no es ningún secreto y también es lógico, porqué solo para los reyes se acumula tanto y tanto oro como hacen ellos. Lamentablemente no conocemos el nombre de ninguno de estos soberanos, que la memoria de los seres humanos es débil y el tiempo de la huida de los mouros  es muy lejano. 
Hay, como no, excepciones a esta regla del olvido.  El príncipe Carandón, que está enterrado en Moñes y cuyo espíritu aún puede verse paseando junto a sus hijas montado en un carro en la noche de San Xuan. Es muy posible que sea este príncipe y no otro el que está representado a lomos de su caballo en la diadema de oro (¡por supuesto!) que se encontró en ese mismo lugar y que los humanos atesoran en uno de sus museos
Mouros, xanas y galigrecos
El rey Castro y su guerra
contra los galigrecos

Bajo el castillo de Buanga se encuentra enterrado el tesoro de la reina Numadre, consistente en una docena de reyes de oro; aparentemente son estatuillas que representas a monarcas de los xentiles, pero con estas criaturas nunca se sabe y nada impide que esos doce reyes dorados estén vivos a su manera esperando en las galerías subterráneas del castillo roquero el regreso de su soberana. Que nadie busque ese castillo porqué ya no existe. O puede que sí, pero no lo vemos.
De los otros reyes galigrecos no se sabe el nombre, como bien ya se ha dicho, pero sí el de su enemigo, el rey Castro, quién asedió las ciudadelas de los xentiles en Valdepares y El Ferreiru. Los habitantes del primero intentaron durante el asedio separar con su magia la península en la que se encontraban para convertirla en una isla, abriendo un enorme canal en la tierra. Fracasaron y fueron derrotados, pero todavía se puede pasear por la enorme trinchera. Los dos castros están separados por más de cien kilómetros de distancia así que bien podemos estar hablando de una guerra mucho más terrible de lo que se recuerda, pero nunca ya lo vamos a saber. 
El rey Castro tenía su propia ciudadela en algún lugar muy cercano a sus enemigos de Valdepares, aunque no se ha encontrado ni rastro de ella, así que puede que todo lo anterior sea mentira. Seguramente lo sea. Pero ya lo sabíais. 

Las costumbres

Mouros, xanas y galigrecos no eran humanos aunque pudieran parecerlo y sus costumbres y usos son una buena prueba de ello. O eso parece porqué de nuevo estamos en el mundo de lo falso y lo especulativo, que si de los xentiles se sabe bien poco, de sus costumbres se sabe aún menos. Sacando de aquí y de allí, los antiguos relatos nos ayudan a desentrañar levemente el misterio

Los animales

Los mouros montan a caballo que esconden junto a ellos en sus ciudades subterráneas. Esto lo sabemos casi seguro pues se les ha visto salir de las profundidades del castillo de Alesgas con sus monturas para abrevarlas en el río. 
También cabalgan sobre cabras, aunque esto lo hacen menos, sobre todo cuando quieren viajar por las encrespadas cumbres de las montañas. Una vez ocurrió que una moura atravesó las cimas jineteando una cabra a tal velocidad que origino un enorme desprendimiento que aún a día de hoy puede contemplarse, la Fana de Xenestaza se llama. Lleva siglos cayéndose lentamente hacia el fondo del valle por la ladera. ¿Y si al terminar de caer revela una de las secretas ciudades de los suyos? Esta sí que sería una mentira digna de verse. Dicen que este no es el único desastre originado por la montura de cabras, pero desde luego es el más conocido.
Otros son los animales que completan la cabaña de los galigrecos para ayudarles en sus labores diarias. Son bestias de oro, iguales a aquellas de carne y hueso que asisten a los humanos en sus quehaceres, y dan a entender que, a lo mejor, el dorado metal no les gusta por lo mismo que a nosotros. Seguramente sus sabios y alquimistas hacen con él está imitación de vida. Y eso está bien, porque sería muy cruel tener a todas esas bestias viviendo tan lejos de la luz del sol. Se sabe de los bueyes áureos que pacían en la Fonte la Xania, incluso en una ocasión bajaron hasta la hermosa villa de Grao acompañando a su señora moura, y muy cerca, en el Freisnu, había una gallina con sus polluelos, todos de oro, que pertenecía a una xana. 

Las magias

Mouros, xanas y galigrecos
El oro de las xanas
Las xanas y encantadas pasan por ser poderosas magas (como los mouros, claro) y prácticamente todas
 
son capaces de adoptar forma de serpiente gigante, como hemos ya dicho más arriba, pero también se conoce alguna que se ha transformado en buey en llamas; aumentan su peso a voluntad, usando esta sucia treta para ahogar en el río a los incautos que las cargan al hombro seducidos por promesas de una vida mejor a su lado; son capaces de maldecir objetos, especialmente hilos de oro y bollos de pan de tres picos, el incauto que los rompa o robe muere en el momento. 

Algunos de los mouros son capaces de leer auspicios en los sucesos naturales. Uno de sus reyes contempló una gran nevada que caía sobre sus tierras y entendió que marcaba el fin de su tiempo y la llegada de la era de los humanos. Ese fue el momento, y no otro, en el que comenzaron los mouros su eterna huida. 

La Diosa

No se sabe muy bien quienes eran los dioses de las xanas y los galigrecos. Les repele todo lo cristiano, el tañido de las iglesias les hace escapar y Xuan Cabritu es capaz de olisquear el tufo a "cristianuzo". Puede ser que la diosa de todos ellos sea esa que los xigantes llaman La Vieya. Dicen que en cierta playa del Oriente asturiano pueden verse sus huellas estampadas en la roca, pero o bien son de otra xiganta más pequeña, o bien La Vieya cambia de tamaño a voluntad. Hay quien dice que tiene un hijo que brilla tanto como el sol y que oscuros enemigos la persiguieron en una ocasión desde el mar. Hay quién dice que La Vieya, La reina y La Filandera no son una misma diosa sino tres, pero esto no son si no tonterías. 

A los mejor esas xigantas que a veces llaman Filanderas son las hijas de La Vieya, o sus sacerdotisas, o las dos cosas a la vez. Nunca lo sabremos. Tampoco sabremos que son esos hilos de oro, pero parece que tienen algo que ver con la vida, o con el sol, o con las dos cosas. A lo mejor el oro que hilan mientras hacen equilibrios con las grandes piedras en la cabeza no es otra cosa que los rayos dorados del astro rey que ellas convierten en materia llena de vida. A lo mejor con esos hilos construyen sus animales de oro. A lo mejor en esos hilos está el destino y la vida de las personas, pero entonces no deberían haber cortado ese hilo tan pequeño el pasado año.

Pero esto es todo mentira y si habéis leído hasta aquí y os lo habéis creído es solo culpa vuestra. 

Fin


Post scriptum

Prácticamente toda la información que he utilizado para esta entrada está sacada de mitos y leyendas asturianas recopiladas por Alberto Álvarez Peña en algunos de sus multiples libros sobre el tema. No perdáis la oportunidad de leerlos. 
También he consultado los trabajos de Xuan Xosé Sanchez Vicente, Aurelio Llano y Constanino Cabal.
Las imágenes son todas de Arthur Rackham y, en realidad, tratan sobre mitología artúrica, céltica o cuentos populares, pero retorciéndolas un poco encajan casi a la perfección con los mitos asturianos.



jueves, 21 de enero de 2016

Covadonga, el principio de todo.

Covadonga, la cueva de la señora


¿Que hace que un lugar sea sagrado y otro no? ¿Qué es lo que vieron los antiguos astures, o los que habitaban en lo que después sería Asturias antes que ellos, para determinar en cuál de las cuevas vivía su diosa y cual no? ¿Simple casualidad?¿La espectacularidad del paisaje?Las apariciones celestiales? Imposible saberlo.

Vayamos por el principio, el principio de todo.

En el principio

Acabada la guerra civil entre Marco Antonio y Octavio Augusto, este último decidió que sería de muy mal gusto celebrar un triunfo tras luchar contra compatriotas romanos, muchos de los quirites tendrían parientes que habrían muerto luchando en el bando perdedor y no verían con buenos ojos el festejo. Hábilmente Augusto decidió montarse una espléndida guerrita en una esquina de su imperio para, una vez derrotado el enemigo, poder festejar un triunfo digno de su persona. Casualidades del destino esa esquina estaba en el norte de Hispania. Apretado contra la costa norte de la península, estaba el irredento territorio de los cántabros y los astures, tribus barbaras, algo celtas, muy belicosas ellas y muy amigas de saquear las poblaciones de la meseta, ya sometidas a Roma, de vez en cuando.
 Estas guerras cántabras se alargaron por más de diez años y al final Augusto cedió el triunfo a su general Agripa, pero éste avergonzado por celebrar lo que se había convertido en una guerra larga y sangrienta rechazo celebrarlo. Con lo cual las tribus de cántabros y astures fueron conquistadas un poco para nada. Bueno, ahí estaban esas minas de oro en la tierra de los Pesicos, algo es algo.

¿Y qué tiene que ver la conquista romana con la Virgen de Covadonga? Pues veremos, por ahora quedemos solo con un dato, el historiador romano Floro dice que los cántabros se refugian en un lugar llamado Mons Vindius porque creían que antes llegarían a él las olas del mar que las legiones de Roma. Se equivocaron, pero en fin.

Los caldeos


Alfonso III el Magno
Alfonso III el Magno
Saltemos setecientos y pico años en el tiempo. Hasta el 722 dC aproximadamente. Un grupo de astures comandados por un antiguo espatario del rey Rodrigo se sublevan contra el recién establecido poder musulmán. ¿Y dónde se refugian? De nuevo en un monte, el monte Auseva, en una cueva, donde dicen contar con la protección de la Santa Virgen, porque esa es su cueva, la Cueva de la Señora. Cova Dominica. Covadonga. Cuentan las leyendas que Pelayo ya había estado en la cueva, llego persiguiendo a un bandido al que encontró postrado frente a una crucecita. Apunto de acabar con el bandido, su mano fue detenida por un oportuno ermitaño quien le profetizo que en su día el mismo necesitaría el refugio de la cueva y de quien allí moraba y Pelayo, impresionado, perdono la vida al malhechor. Hizo bien. Cuando se entabló batalla con los árabes, sus hombres, que se habían alimentado de la miel de los panales escondidos en la roca, recibieron ayuda divina. Las flechas que los caldeos les lanzaban se volvían contra ellos.
Claro que esta versión de la batalla nos llega a través de unas crónicas muy posteriores. Del reinado de Alfonso III, en pleno siglo X, con lo no está garantizada su veracidad. A todas luces las cifras de cientos de miles de caldeos (esto es, los musulmanes) que se dice perecieron en la batalla son una exageración, y por eso hay quien afirma que fue más bien una escaramuza, que no existió ni siquiera, o que en realidad lo que hubo fue una lucha de voluntades entre un ermitaño llamado Pelayo y un tentador obispo Oppas, en este caso los moros no serían musulmanes sino unos seres pre-humanos o pre-cristianos que representaban el caos primordial.
No está mal.
Para terminar con Pelayo decir que el poema de Fernán González (s.XIII) nos dice que se el antiguo espatario se encontraba escondido en una cueva hambriento y lacerado. Un ángel dice a los godos huidos del invasor musulmán  que lo busquen para que los lidere.

Auseva o Vindius

Pero ¿es Covadonga y el monte Auseva lo mismo que el Mons Vindius? Imposible saberlo,
Pelayo, rey de Asturias
La visión de Juan Pablo Moratiel
del rey Pelayo
hay quien dice que lo segundo hace referencia a todos los Picos de Europa, pero hay otros que dicen que de la misma manera que Pelayo y los suyos se refugiaron en Covadonga porque allí sería defendidos por los místicos poderes de la Virgen, los cántabros del 20 aC se refugiaron exactamente en el mismo sitio porque allí serían defendidos por los poderes de su diosa, La Señora de la Cueva.
Hay que tener en cuenta que el entorno, si impresionante en nuestros días, aún lo era más en la brumosa Alta Edad Media. Bosques profundos, infranqueables montañas, una cueva escavada de manera imposible, un río que brotaba de los pies de la misma (por cierto, el río Deva, nombre que significa diosa), un escenario épico como pocos para derrotar al invasor.
 Y es que los alrededores de Covadonga parecen haber tenido siempre, y hablamos de miles de años, un carácter sagrado. Rodeando el lugar se encuentran los dólmenes de Abamia, Mía y la Santa Cruz, sobre los Pelayo y Favila construyen las primeras iglesias cristianas del territorio astur. La antigüedad de esos dólmenes, así como las pinturas rupestres de la cercana cueva del Buxu (¿el bruxo?) nos hablan de una sacralización de la montaña que viene desde tiempo inmemorial.

Más leyendas

Y no es la única pista que nos da el folclore. En la leyenda de las Virgenes de Colunga, nos encontramos con tres vírgenes que se alejan del mar, una de ellas decide ni oírla, ni combatirla y se instala en una cueva entre las montañas. Sí, en Covadonga, La leyenda de la Virgen y las cuevas del mar nos vuelve a hablar de una Virgen que huye del océano portando un bulto de luz, desde donde la persiguen unos "moros", de nuevo símbolos del caos primigenio, representado aquí por el mar cambiante. Todas estos detalles, la cueva, el mar como el caos, los moros en lugares insólitos, el bulto de luz, nos hablan de una simbología muy anterior al cristianismo, que ha sido recogida poco a poco y transformada hasta dar lugar a la Covadonga que conocemos hoy día. La Señora de la Cueva. La diosa de los asturianos.

Ideas de Aventuras

  • Una figura fantasmagórica se deja ver por las noches en la Santa Cueva, los monjes del cercano cenobio buscan ayuda asustados. Hay quienes dicen que es la misma Virgen que vuelve a castigar a los pecadores, otros opinan que es el demonio que busca desacralizar la prueba, los menos hablan de una xana que camina enroscada en una serpiente...
  • Un peligroso asesino perseguido por los Pjs ha buscado refugio en la Santa Cueva. Los monjes impiden el paso a los jugadores aduciendo que es un lugar sagrado de Santuario, pero los jugadores saben que el asesino solo pretende ganar tiempo. ¿Respetarán el santuario o cometerán un sacrilegio para capturar a un peligroso criminal?
  • Una mujer solitaria pide a los Pjs que la escolten hasta el Santuario de Covadonga. A punto de llegar les dice que la mar no es cuestión de oírla, ni combatirla, y luego desaparece misteriosamente. ¿Quién es este fantasma que se les ha aparecido? ¿Por qué a ellos? ¿Cuales son sus intenciones?

Bibliografía:


  • Geografía Sagrada De Asturias. 2003. Juan Luis Rodríguez-Vigil RubioRamón Rodríguez Álvarez.
  • ASTURIAS LEGENDARIA: HISTORIAS, LEYENDAS, GENTES Y SERES MAGICOS DE LA MITOLOGIA, MIGUEL ARRIETA , TREA, 2005
  • Las fiestas asturianas, nuevas formas y viejos ritos. Ed. Picu Urriellu. David M. Rivas.

sábado, 20 de junio de 2015

El Día del Juego de Rol Gratuito.

Hace un mes tuve la suerte y la sorpresa que desde Nosolorol contactaran conmigo para colaborar con ellos en este día tan señalado. Me preguntaban si me gustaría colaborar con ellos en la elaboración de un libreto recopilatorio de aventuras de sus juegos en los que se festejara el Día y se conmemorara a la vez el 25 aniversario de Aquelarre. Más aún, me preguntaban si yo podría escribir la aventura exclusiva de Aquelarre, siendo las demás crossover entre todos sus juegos y el demoníaco medieval. No había mucho tiempo, tenía que ser relativamente corta y para jugadores avanzados. Y yo trabajando a todo trapo y con cursos por hacer, sabiendo que les doy muchas vueltas a las aventuras antes de ponerlas negro sobre blanco, me imaginaba todo agobiado a la hora de cumplir los plazos y los limites de palabras. Y encima gratis.

Acepte sin dudarlo.

La verdad es que el ofrecimiento sirvió para satisfacer mi vanidad lo bastante como para que todos los posibles problemas fueran considerados secundarios. Además estaba bastante fresco en mi cabeza los datos que había recogido para escribir los artículos sobre Valdés y tenía ganas de escribir una aventura con el concejo como fondo. Así que desoí los consejos de mis amigos que me recomendaban reutilizar alguna de las viejas aventuras que ya tenía escritas y me puse a trabajar desde cero con una.

Como tal vez recuerden los que se hayan leído el artículo sobre Luarca, la combinación de cuevas submarinas, calamares gigantes y cementerios frente al mar, aunque anacrónica con respecto a Aquelarre, me parecía lo suficientemente atrayente como para lanzarme a escribir sobre estos tres ingredientes. Una aventura de balleneros que se enfrentaban a un calamar gigante invocado desde una oscura cueva submarina me parecía de lo más adecuado para la ocasión. Pero no pudo ser.

Soy bastante detallista a la hora de escribir la aventuras y me gusta dar descripciones lo más completas para facilitar una cierta inmersión de los jugadores en la trama. En este caso eso implicaba informarme bien sobre la caza de ballenas medieval, sobre costumbres marineras, sobre sus peligros y sus ganancias, etc. Materias todas ellas de difícil documentación, más aún estando tan lejos del Cantábrico y de Luarca como estoy ahora.

No, los calamares gigantes tendrían que esperar. Pero Luarca tendría su aventura. Eso si, tenía que ser complicada, para veteranos, así que cosas sencillas como llegar a un sitio y pegarse con algo no servía. No, hacía falta trama, investigación, darle a la sesera. Así que cogí una leyenda de por aquí, una referencia literaria de por allá, un poco de Historia de acullá y ¡Zas! la aventura estaba hecha ¡y dentro del plazo! ¡y saltándome a la torera el limite de palabras! ¡Y a Nosolorol le parecía bien!

Todo parecía haber salido bien, pero me quedaba una duda. No había podido probarla. La aventura estaba bien sobre el papel, pero no tenía manera de saber si a la hora de jugarla sería buena, entretenida, para jugadores avanzados. A lo mejor todo eso estaba en mi cabeza pero no lo había sabido plasmar. Pero Fortuna volvió a acudir en mi auxilio.

Vacaciones y los chicos de Pegasus Oviedo hicieron el resto. Y salió genial. Una aventura intensa, entretenida, agotadora, enrevesada, con unos jugadores entregados y que bordaron su actuación. Gracias Jaime, Sara y Dani (y Alejandro que no pudo venir, pero se le agradece el intento). La aventura estaba hecha, probada y parecía haber salido bien. Solo quedaba esperar a la publicación.

Y en esa estamos. Hoy habrá sido distribuida por un porrón de librerías a lo largo y ancho de la piel de toro y estará disponible para descargar en la web de Nosolorol. Solo me queda esperar que la gente la juegue y la disfrute tanto como nosotros la pudimos disfrutar en una calurosa noche de primavera. Me queda reiterar mi agradecimiento a Nosolorol por haberme dado está oportunidad, a los chic@s de Pegasus y a la Villa de Luarca por estar ahí para inspirarme. 

Que lo paséis bien.

Un saludo desde Asturias, sin estar en Asturias.

viernes, 30 de mayo de 2014

La última mora, su fin y sus cosas.

Es por todos bien sabido que tras la catástrofe de las tropas de Al-Qama en Covadonga, los hombres del gobernador Munuza, afincados en Gijón, tuvieron a bien intentar escapar de nuestra angosta región para salvar sus valiosas vidas. El problema es que los astures no estaban muy por la labor de dejarles escapar y decidieron emboscarlos y asesinar a todos y cada uno de ellos.
Parece ser que la matanza fue de tales proporciones que en un momento determinado, en las cercanías del pueblo de Mieldes, en Cangas del Narcea, acorralaron los guerreros astures a los últimos moros que quedaban a este lado de los montes cantábricos, dando muerte sin piedad a todos ellos. Y ellas. Porque parece que en este último grupo de moros que intentaban escapar se encontraba la que en ese momento, muy a su pesar, era la última mora de Asturias, la cual, rogando por su vida, prometió a sus perseguidores grandes cantidades de oro, como no se habían visto nunca antes en la tierra, si la dejaban vivir. Pero no era tiempo de perdones y la desdichada mora fue asesinada allí mismo, en un lugar que a día de hoy se llama Campu la Matancia, en referencia a los horrendos hechos acaecidos tanto tiempo atrás. 
 Hasta aquí la historia no llama demasiado la atención, ni siquiera cuando uno se entera que la mora aparte de ser muy hermosa y muy rica, tenía unos pechos gigantescos, tan grandes que se los echaba al hombro cuando corría intentando escapar de sus asesinos. 
Pero cuando uno recuerda que en Mieldes hay unos vecinos un tanto especiales, cuando descubre que en toda Europa existen leyendas de criaturas femeninas que tienen grandes pechos y que se ven en la necesidad de echárselos al hombro, que los que consiguen mamar de esos pechos, acercándose sin ser vistos por la espalda de la criatura, son adoptados por las pechugonas mujeres y se convierten en herederos de sus más que abundantes bienes, que esos bienes abundantes son capaces de dejar Asturias rica, es posible, solo posible, que uno empiece a sospechar que aquí algo más de lo que nos cuentan.
Y es que en realidad no cuentan mucho más aparte de lo ya expuesto, pero eso, por suerte para nosotros deja mucho espacio para la imaginación y la elucubración. A mi me da la sensación que la mora en cuestión no era de la morería, sino más bien de los mouros o de los gentiles, es decir, de esas criaturas que viven bajo tierra, que guardan grandes riquezas y que estaban aquí mucho antes de la llegada de los humanos. Incluso se me ocurre que la matanza que dio nombre al lugar no fue una matanza que los astures (o visigodos, vaya) perpetraron contra los moros, sino una matanza que los hombres hicieron de las criaturas del "Otro lado"...
Pero son solo leyendas y ya no hay manera de saber que es lo que cuentan realmente.
Pucherinos a ferrer ya muyeres y homes a comer.
Ideas de aventuras:
  • A punto de anochecer en medio de las montañas del sur-occidente, cuando los personajes oyen los gritos desesperados de una mujer. Acuden presurosos y descubren que un grupo de rusticones está a punto de abalanzarse, con aviesas intenciones, sobre una mujer que, salta a la vista, a parte de ser muy hermosa, tiene unos pechos descomunales. Los personajes acuden en ayuda de la dama pero, cuando todo parecía bajo control, los rusticones empiezan a cambiar de forma. Son los l.lobos-meigos de Mieldes, y los personajes se han interpuesto entre ellos y su presa.
  • Ni l.lobos-meigos, ni astures, ni don Pelayo, el Campu la Matancia habla de una de las salvajadas que la Fraternitas Vera Lucis hizo con una grupo de indefensos seres del Otro Lado. Pero a parte de sanguinarios los FV eran un poco chapuceros y no finiquitaron bien el asunto. Ahora una "mora" de grandes pechos y mucho oro enterrado busca venganza y acaba de encontrar a un grupo de aguerridos aventureros que la van a ayudar.


Bibliografía: Toda esta entrada se basa en un articulo publicado en: 
 Revista Asturies; Memoria encesa d'un pais. Nº33. La muyer xabaz qu' echa les manielles al costín: Una lleenda asturiana y los sos pareyos universales. Jesús Suárez López.
 En el articulo, muy interesante, se compara la "mora de las mamiellas" (no se como llamarla) con otras criaturas fantásticas de España y Europa, no lo he reproducido aquí porque pienso que es mejor leerse el articulo original si a alguien le pica la curiosidad.

jueves, 22 de mayo de 2014

El desdichado destino de Gonzalo Martinez de Oviedo.

Hijo de Nuño Perez de Caso, Despensero Mayor de don Alfonso Onceno y dos veces nombrado Maestre de Alcántara, una en Cáceres y otra en el convento de Alcántara, seguramente para subsanar algunas irregularidades de la primera. Tuvo lugar esta última ceremonia a finales de Mayo de 1337.
 Este doble nombramiento vino a cuento de que el primero no se había hecho con las adecuadas garantías, habiéndose producido tras la renuncia "voluntaria" del anterior Maestre don Ruy Pérez. Sin embargo, excepcionalmente, teniendo en cuenta la turbulenta época en la que estamos, el antiguo Maestre se avino a razones y se declaró que el nombramiento de Gonzalo Martinez era ajustado a las reglas de la orden y que, además, en los ocho meses que llevaba en el cargo había gastado diez mil libras en reparos y construcciones de fortalezas de la orden, dando cuenta de esta manera que era un hombre activo y dispuesto a trabajar por el bien de la misma. Se le confirmaron ademas al cesado maestre ciertos privilegios para contentarle, mirando, eso si, que no se le entregara ningún castillo desde el que se pudiera sublevar.
Aclarado todo esto se dirigió con freires y clérigos a la villa de Cáceres, donde el rey Alfonso le entrego el pendón de la orden, según era tradición, y don Gonzalo le rindió pleito homenaje al rey, al que inmediatamente siguió camino de Badajoz para meterse de lleno en un asunto más peliagudo: la guerra con Portugal.
Esta guerra había sido resultado de un complot entre el rey de Portugal y el tío del rey, el famoso infante don Juan Manuel (si, el de "El conde Lucanor"), y tuvo entretenidos durante un año a los ejércitos de Castilla, y con ellos al rey y al maestre de Alcántara, hasta que en 1338, gracias a la intervención papal se arreglaron las cosas entre ambos reinos.
Y es que por esa época surgía una nueva amenaza para los reinos cristianos de la península. El hijo del rey de Marruecos, conocido entre los castellanos como Abomelique, se titulaba rey de Algeciras y Ronda, y había pasado a la península en espera de qué su padre hiciese lo propio. Se iba a librar una gran guerra en el estrecho y don Alfonso lo sabía.
 Necesitado como estaba de dineros, subió el rey a Madrid para conseguirlos y dejó al cargo de la guerra a don Gonzalo Martínez, nuestro protagonista, tal era la confianza que en él tenía el rey, que ordenó a sus vasallos que obedecieran al Maestre como sí fuese su real persona.
Con tanta responsabilidad sobre sus hombros no tardó el Maestre en mostrarse merecedor de ella poniéndose de inmediato a la cabeza de un ejército que desde Córdoba pensaba adentrar en tierras de moros, pero tuvo noticia de que el infante moro Abomelique había lanzado un ataque cerca de Jerez, pues los moros, cerrado como están. El estrecho a sus barcos, tenían necesidad de hacerse con suministros, y se habían ya apoderado de varias vacas y granos. Rápidamente logró el Maestre darles caza y desbaratarles en una sangrienta batalla, en la que la valentía y coraje de los cristianos pudo más que el mayor número de sarracenos.
Pero Abomelique no estaba entre los caídos, y pronto llego a oídos del Maestre, que el infante de los moros se encontraba muy cerca del río Patute, en la Vega de Pagana, y sin dilación se pusieron los cristianos en camino para impedirle el paso.
Llegaron cuando era noche cerrada y se veían las hogueras del campamento moro, pero mientras el Maestre discutía con otros gentil hombres si debían o no lanzarse de inmediato a la batalla o esperar al amanecer, un grupo de peones cristianos se subieron a las colinas circundantes y comenzaron a gritar "Santiago, Santiago", alertando a los moros de sus presencia. Curiosamente, los moros estaban tan seguros de su fuerza y su número, que pensaron que los que gritaban no eran otros, sino los que ya habían sido desbaratados por los cristianos, cosa que ellos no sabían, y que les gritaban en tono de burla. Es por eso que tan sólo quinientos de los moros decidieron armarse, pues los demás pensaban que no había peligro.
Al despuntar el alba se pusieron los cristianos al ataque y entraron con fuerza en el real de Abomelique, el cual vio perdido su caballo y su ejército, e intentó huir por piernas, pero como era persona tan principal y poco acostumbrada a usarlas, no fue capaz de huir y unos jinetes cristianos lo alancearon cuando trataba de hacerse el muerto. Manera muy ignominiosa de morir para alguien tan principal,  sin duda alguna. Dicen las crónicas que más de diez mil moros quedaron ese día sobre el campo. Una gran victoria para el Maestre de Alcántara.
Que justo después caía en desgracia.
 Y es que el buen Maestre había contrariado a la mujer detrás del trono, la amante del rey Leonor de Guzmán que era la madre de una buena cantidad de hijos del rey (los que luego serían llamados los Trastámara) y que pretendía que su hermano Mendez de Guzmán fuera nombrado Maestre de la Orden de Santiago. Y algo, no se sabe que, había dicho contra este hecho don Gonzalo Martinez que no le había gustado en absoluto a la amante real, a la cual no se le ocurrió nada mejor que quitar de en medio al Maestre, no ya despojádonle de sus títulos y prebendas, sino quitándole también la vida. Para ello recurrió a la ayuda de otros cortesanos que por algún motivo desconocido se había malquistado con el Maestre de Alcantara. Así que entre todos hablaron al rey, que se encontraba en Madrid reuniendo fondos para la guerra con el moro, y vertieron veneno en su oído diciendo que el Maestre había dicho cosas muy malas sobre doña Leonor, y que la pobre y desdichada amante real se encontraba muy dolida por ello.
 Furioso, el rey mando llamar a su presencia a don Gonzalo, el cual cuando leyó la carta real intuyó que algo muy malo estaba sucediendo a sus espaldas y, en lugar de acudir al llamamiento del rey, temiendo por su vida, huyo a refugiarse a los castillos de la Orden cercanos a la frontera con Portugal. 
 Este movimiento no hizo sino aumentar la cólera del rey, que volvió a enviar otra carta, esta con buenos modos, pidiendo al Maestre, de nuevo, que acudiera a su presencia en la villa de Madrid, pero don Gonzalo juzgo conveniente refugiarse en el castillo de Valencia de Alcántara, uno de los castillos de la Orden, y mando un emisario a Portugal para solicitar asilo.
 Sabido esto, el rey montó en cólera y se puso a la cabeza de sus tropas  para sacar al desgraciado Maestre de su escondrijo, no tardando mucho en llegar al castillo de Valencia donde se hallaba este refugiado con unos pocos fieles, pues la mayoría le había abandonado al saber que el mismo rey se lanzaba contra él. Encerrado en la torre mayor del castillo, hizo el maestre colgar en lo alto de la misma todas las enseñas y pendones que había capturado a los moros de Marruecos, quizá con la esperanza de que al verlos el rey recordara cuanto bien había hecho el Maestre a su causa, pero entre los seguidores del rey había muchos que querían mal al Maestre y le habían acusado de querer rendir las tierras a los moros y de querer entrar en el reino con el ejercito de Portugal (cuyo rey, por cierto, había denegado ya su ayuda al Maestre), y el rey no tuvo oídos a los ruegos de don Gonzalo, que se negó entonces a rendir la fortaleza, dando comienzo el asedio.
Pero la estrella de don Gonzalo ya se había apagado. Algunos de los caballeros que defendían las torres del castillo razonaron que la fuerza del ejercito real era demasiada y que poca gloria habría en hacerse matar por un Maestre que ya había sido depuesto de su rango. Decidieron abrir las puertas del castillo y dejar entrar al ejercito real. Con todo perdido el ya depuesto Maestre se entrego al rey y con los ojos inundados por las lagrimas le rogó por su vida, pero don Alfonso no estaba por la labor y delego en Alonso Fernández de Coronel para que hiciese justicia. Y como el tal Alonso era enemigo declarado de don Gonzalo, no tardó mucho en hacerlo degollar por traidor, confiscando todos sus bienes. 
 El finado Maestre había gobernado la orden por tres años, había mandado edificar la casa del Convento de San Francisco de Oviedo y también comenzó a fabricar su iglesia. Por estos motivos fue enterrado en este monasterio del que era benefactor, como muchos otros nobles asturianos. Fue restituido de su honra en tiempos de Pedro I, cuando la misma que lo había mandado degollar, doña Leonor de Guzmán, fue a su vez degollada por orden del rey, encontrando algunos cierta justicia divina en el hecho. Como había sido guerrero antes que freire, don Gonzalo dejó un hijo legítimo, un tal don Rodrigo Gonzalez de Oviedo, que puede que tuviera alguna relación con Diego Gonzalez de Oviedo, quien veinte años después negaría la entrada en la ciudad a don Enrique de Trastámara. Pero esto es pura elucubración del que escribe.  
Ideas de Aventuras: 

  • Los personajes son miembros de la corte de don Alfonso XI, conocen bien al Maestre de Acantara, pues ha luchado junto a él en varias ocasiones cerca de la frontera. Mientras acompañan a su señor a la villa de Madrid descubren un pérfido complot para acabar con el buen Maestre ¿tratarán de ayudar al Maestre a desenmascara a los conjurados?¿o se pasaran al bando ganador y ayudarán a traicionar a don Gonzalo?
  • Los personajes han caído prisioneros de las fuerzas de Abomelique mientras estas se adentran en tierras de Sevilla. Los personajes sabe que si nadie pone sobre aviso a los hombres de don Gonzalo, los moros llegarán sin oposición a la ciudad del Guadalquivir. De repente uno de los guardias moros se queda dormido... sí alguno de los Pj's lograra hacerse con su gumia...
Bibliografía: "Crónica de la Orden de Alcantara" por Alonso Torres y Tapia y "Antigüedades y cosas memorables del Principado de Asturias" de Luis Alfonso de Carvallo.

miércoles, 12 de marzo de 2014

Una historia asturiana de fantasmas (o no)

En una ocasión una pastora vaqueira de los valles que rodean el río Esva tuvo a bien entretenerme con el relato de un fecho que, según me contaba, le había acontecido a ella misma en su tierna infancia.
Lo de tierna es un decir, porque a los fíos de los vaqueiros de Silvamayor la infancia no les reservaba más que trabajos y penurias, incluyendo alguna que otra paliza por extraviar una cabra o, como en su caso, por deslomarla de una pedrada para evitar que escapase (tranquilícense vuestras mercedes, la cabra sobrevivió y nuestra protagonista libró de la paliza).
Había ya entrado en la tierra de Tineo el vicio del tabaco, y el padre de nuestra vaqueirina, la cu
al no tendría más de diez años, no se le ocurrió otra cosa que mandar a la neña a buscar tabaco a la única tienda disponible en varias leguas a la redonda.
Fantasmagórica ilustración de Juan Pablo Moratiel
 Pero hagamos un alto, tengo que hablar primero de Silvamayor y sus circunstancias, para que vuestras mercedes entiendan mejor la penuria que acarreaba el encargo. Silvamayor es una braña, es decir, uno de esos lugares que tienen a bien ser descritos como pastos de verano para los trashumantes vaqueiros, que pasan el verano en un sitio y el invierno en otro, siguiendo siempre las necesidades del ganado vacuno que cuidan. Silvamayor está considerada la braña más grande de Asturias, pero eso no es decir mucho, no piensen en más del centenar de habitantes, todos ellos dispersos en sus también dispersas casas, pues las brañas no se caracterizan por juntar a sus habitantes en el mismo lugar. Piensen en prados empinados, casas pequeñas separadas unas de otras que se sostienen al borde de los susodichos prados, caminos embarrados, bosques de robles, castaños y abedules que pueden llegar a ser muy frondosos (no en vano Silvamayor podría significar Bosque Grande) y una oscuridad total, mitigada solo por el brillo de las estrellas y la luna (a veces ni eso si está nublado, que es a menudo) cuando cae la noche.
Bien. Esto era Silvamayor. 
Seguro que vuestras mercedes han deducido ya que la tienda en la que se vendía el tabaco, que era tienda, taberna y de todo, como es lógico, no se encontraba precisamente cerca del Remolín, que era la casa de nuestra protagonista. No lo estaba y por si fuera poco estaba al otro lado del bosque. Eso si, por lo menos había un camino.
 La neña, que no tenía ganas de que le cayera otra somanta de palos, no tuvo más remedio que ir a por el tabaco pese a lo tardío de la hora, y después de mucho caminar pudo hacerse con el preciado bien y tomar el camino de vuelta a casa.
Y aquí empezaron sus problemas. 
 A medida que se adentraba en el bosque que atravesaba el camino, ya en noche cerrada, empezó a oír un repetitivo crujir de ramas. Un hombre de ciudad como yo mismo y muchos de vuestras mercedes no reconocería un sonido producido en el bosque en la oscuridad, pero una feraz habitante de las brañas como ella si. Era el sonido de una bruesa, un pequeño hacha usado para cortar leña, el que se dejaba oír entre las tinieblas. 
La neña aguzó la vista intentando distinguir una lumbre entre la oscuridad, algún indicio de la procedencia del sonido, pero nada, solamente oscuridad y el monótono repiqueteo: tap, tap, tap.
La neña empezó a asustarse.
Conocía de sobra los montes que atravesaba, no era la primera vez que iba y venía a por tabaco, y sabía de sobra que una vecina de los alrededores tenía una bruesa y solía cortar leña en esos bosques. Lo que no era lógico era que lo hiciera por la noche, cuando no se ve nada y uno no sabe que se puede encontrar en la espesura. Pese a todo la neña preguntó en voz alta: "¿Maruxa, yes tú?" 
Pero tan solo se oía: tap, tap, tap.
Asustada la neña echo a correr y no paro hasta llegar al Remolín, donde su madre, al verla tan pálida le preguntó que le había pasado, la neña contó lo sucedido a su madre, quien como buena madre la reconforto con sus abrazos. 
Como no había nada que hacer cuando se hacía de noche fueronse todos a dormir en la única cama que había.
Y durmieron.
Hasta que alguien picó a la puerta. 
Imaginense vuestras mercedes el susto que nuestros vaqueiros se llevaron al oír picar a su puerta a esas horas de la noche. Miraronse asustados y se decidieron a abrir la puerta. Era un vecino. Venía a decirles que Maruxa, la señorina que tenía una bruesa y solía cortar leña en el bosque había muerto esa noche.
Post scriptum: esto que acaban de leer me lo refirieron a mi hace casi veinte años en una vieja casa de Oviedo en una noche de tormenta. La vaqueirina de la historia no es otra que mi abuela (güelita) que respondía al nombre de Aurelia Cano Iglesias y que me contó la historia poco más o menos igual que la he contado yo aquí. Claro que ella se conocía los nombres de los sitios; de la tienda, del bosque, de la anciana, y yo solo me acuerdo del nombre de su casa; El Remolín. Al acabar la historia, muy tranquilamente, mi abuela me explicaba que ella no sabía si lo que había oído eran fantasmas, animales hozando o lo que fuera. Me contó lo que le pasó y ya. Lo que no sirvió de nada porque yo me quede igual de asustado que estaba.
Este tipo de augurios de muerte son muy habituales en los mitos asturianos adquiriendo formas variopintas y diversas a lo largo de toda la región, como es el Carru de la Muerte, el Tamboriteiru o el propio Güercu que refería en una de las primeras entradas del blog y cuya protagonista era la hermana de mi abuela Aurelia, (vaya familia...), pero este otro me lo contaron mucho más adelante y en un día soleado, con lo que no fue tan impresionante. A falta de saber si fueron fantasmas, güercos, poltergeist o cualquier otra cosa, solo me queda espera que hayáis disfrutado de la historia tanto como yo en su momento.
Post scriptum II: hay otra cosas en relación a mi abuela y sus cuentos que me llamó la atención en su momento y que creo que la puedo contar aquí sin que desentone. En otra ocasión, mientras medio en broma, medio en serio me reñía por no ser buen cristiano (literalmente; "porque en esa casa estáis todos endemoniaos") ante mi pregunta de por que creía en Dios me respondió: ¿Y si no hay Dios como no se sale el mar de su sitio? Y ahí quedo la cosa.
La cuestión es que años después leyéndome el libro de Cristobo de Milio Carrín, "La creación del mundo y otros mitos asturianos", me encontré con que una de las funciones que tradicionalmente se daban a los dioses paganos era mantener el mundo dentro de su orden, entre otras cosas evitando que el mar se desbordara. 
Con esto no quiero decir que mi abuela fuese una adoradora pagana, ni que los vaqueiros mantuvieran facetas de cultos pre-cristianos en sus creencias, solo que me llamo la atención la similitud entre lo que ponía el libro y lo que me había dicho mi abuela.
Por otro lado, aunque en la historia digo que los ruidos se oían de noche cerrada, creo que en el relato de mi abuela todo sucedía al anochecer, es decir uno de esos momentos que no es ni de noche ni de día y en los que los celtas desconfiaban pues consideraban que se hallaban en la encrucijada entre dos mundos y que eran idóneos para que ocurrieran hechos sobrenaturales. De nuevo supongo que nos encontramos ante una casualidad. ¿Quién sabe?
Ideas de Aventuras: uno de los personajes atraviesa el bosque al anochecer cuando comienza a oír el tintinear de una armadura entre la floresta, tal vez se prepare para una emboscada o tal vez huya, da igual, no ocurre nada, solo se oye ese ruido. Por fin se reúne con el resto del grupo cuando uno de ellos, que viste armadura, pasa a su lado y el Pj del principio oye exactamente el mismo tintineo. Tirada de IRR y¡zas! se da cuenta que acaba de presenciar un augurio de muerte sobre su compinche. ¿Y ahora que?

sábado, 25 de enero de 2014

Buscadores de tesoros; los ayalgueros.

Desde la figalina de Ruedes
hasta el molín de Manxón
hay el dinero de siete reyes
metío na pelleya un castrón

Casi todo el mundo habrá oído alguna vez una leyenda o historia sobre un tesoro escondido. En Asturias muchas veces esos tesoros están protegidos por una encantada, en muchos casos una princesa mora que ha sido dejada atrás por su padre con la intención de proteger el tesoro hasta que le sea posible volver a recuperarlo. Tanto el tesoro como la encantada reciben en Asturias el nombre de ayalgas. 

 En puridad ayalga significa tesoro y solo es ha finales del s.XIX cuando se empieza a usar el mismo nombre para la criatura que lo protege, cuando anteriormente recibía simplemente el nombre de xana o encantada. En muchas historias el tesoro podrá ser obtenido por el valiente que la desencante. Recuerdo que en la escuela nos hablaban que la leyenda más repetida habla de un mozo que debe atravesar un torrente sujetando un hilo de oro sin que este se rompa, si lo conseguía se quedaba con el tesoro y se casaba con la xana, si fallaba ¡ay! moría ahogado. Hay otras muchas maneras de romper el encantamiento que condena a la moza a proteger la ayalga: esperar tres días a la entrada de la cueva, dejar que la moza en forma de cuelebre amague con dar un mordisco al mozo, etc.

Pero no quiero hablar de los tesoros enterrados y ocultos, ni de encantos y de como romperlos. Quiero hablar de los que buscaban esos tesoros. Los auténticos saqueadores de tumbas. Los Ayalgueros. 
En cierto sentido los ayalgueros, "chalgueiros" en el occidente asturiano, encajan muy bien en el perfil de aventureros. Solían ser personas de origen humilde que atraídos por los cantos de sirena de tesoros enterrados  que habían oído o leído en gacetas y relatos, se liaban la manta a la cabeza y se disponían a saquear ruinas de antiguas civilizaciones en busca de los pretendidos tesoros enterrados. Cierto que estas ruinas solían ser castros, dolmenes y túmulos, nada que ver con los restos de Osgiliath y que los tesoros enterrados eran ajuares funerarios o restos de vajillas o joyas romanas y astures, pero eran ruinas y tesoros al fin y al cabo. 
 Las primeras referencias escritas a tesoros enterrados en el noroeste peninsular vienen del Codice Calixtino del s.XII, en la que nos advierte de la presencia en Galicia de fortunas subterráneas, en muchos casos dejadas atrás por los moros en su huida, en ocasiones encantando a la hija o esposa del moro que huía para que sirviera de mágico guardián de las fabulosas riquezas. No es difícil imaginar que cuando se reflejan estos cuentos por escrito es debido a su abundancia en la tradición oral. Gota a gota las noticias escritas de tesoros escondidos van apareciendo a lo largo de los siglos hasta llegar a desatar cierto furor en el s.XVII, momento en el cual se llegan a saquear en Galicia hasta tres mil mamoas en un solo año. Pese a la preocupación de la corona por evitar este expolio (más pensando en el oro que en la protección del patrimonio) el problema tenía difícil solución porque en muchos casos los gobernadores locales estaban detrás de estos expolios. El zorro tenía que guardar el gallinero.
En el siglo XVIII, en pleno apogeo de la búsqueda de tesoros, el padre Feijoó recién llegado a Asturias explica que se había encontrado muchas leyendas de este tipo en su Galicia natal y que de nuevo se las encuentra en abundancia en su llegada a Asturias. No parece muy aventurado afirmar que ya en la edad medía eran abundantes estas leyendas, también en Asturias. 
Lo curioso de este fenomeno es que no es privativo de los asturianos o gallegos que buscaban los tesoros de los moros (por cierto que el termino "moro" parece hacer referencia a cualquier vestigio del pasado, siendo cuevas de moros los restos de minas romanas, castros etc), los mismos árabes buscaban los tesoros dejados atrás por los romanos y los romanos buscaban en Asturias el oro oculto bajo las montañas. Todos querían encontrar tesoros. 
Los ayalgueros solían echar manos de los Libros de San Cipriano que aparece en el s.XVI y que en muchas ocasiones, a modo de "extra", no solo incluían las instrucciones a seguir para recuperar una ayalga, sino que aportaba varias localizaciones de tesoros ocultos. Pero lo que verdaderamente hacía furor entre los ayalgueros eran las gacetas, pequeños manuscritos que señalaban las riquezas de los moros y los pasos a seguir para evitar las maldiciones dejadas atrás a modo de protección, pues no faltaban los que decían que esos tesoros estaban protegidos por diablos. Pero lo cierto es que los requisitos para defenderse de las maldiciones eran tan retorcidas y difíciles de conseguir para un campesino de la época (que apenas disponía de lo necesario para subsistir), por lo que los ayalgueros, más prácticos, solían seguir el modus operandi de reunir al mayor numero de colaboradores y dedicarse a cavar indiscriminadamente en los alrededores del pretendido tesoro. Posiblemente los ayalgueros que tenían detrás a gentes más ricas y letradas, con más cosas que perder, si pudieran respetar los conjuros y protecciones mágicas que garantizaban las expulsiones de demonios y maldiciones. 
Y eso es todo, no me quiero extender sobre un tema que sale fuera del arco temporal habitual de Aquelarre, si bien es cierto que las leyendas tenían hondas raíces medievales. La verdad es que me llamaron la atención las similitudes (salvando las distancias) entre los ayalgueros y los aventureros de juegos tipo dungeon crawling, y es que los ayalgueros no tenían problema en recurrir al armamento pesado. Se sabe que la tapa de algún que otro dolmen acabo siendo barrenada para hacerla saltar por los aires. Nada mejor que la dinamita para espantar al demonio. 
Ayalgueros como Personaje Jugador.
Aunque históricamente los ayalgueros realizaban sus labores a partir del s. XVII, no veo demasiado impedimento en suponer que en la Baja Edad Media también habría individuos duchos en estas lides. 
Para adaptarlo mejor a la idiosincrasia de Aquelarre podríamos decir que, en este caso, los ayalgueros si que se tomaban en serio los peligros de índole mágica y demoníaca, muy presentes en el mundo de Aquelarre. Serían estos ayalgueros de origen humilde, teniendo que ser de clase social Campesino, siendo sus requisitos los siguientes:
Características mínimas:
AGI 15
PER 15
CUL 10

Habilidades primarias: Conocimiento de Area, Descubrir, Leyendas, Rastrear.
Habilidades secundarias: Comerciar, Con. Mágico, Escamotear, Memoria, Ocultar, Saltar, Trepar, una competencia de armas de campesino.
Ingresos mensuales: su porcentaje de Suerte x 2 en Maravedies.

Por cierto, antes de despedirme y para prevenir que nadie se eche al monte a buscar ayalgas dejadas atrás por los moros, sobra decir que los ayalgueros se quedaron en la mayoría de los casos con un palmo de narices, o más pobres incluso de lo que eran antes, pues no existían esos tesoros y el único consuelo que pudieron obtener fue el de elementos con más interés arqueológico que valor monetario.

Desde la fuente Laespina
a la peña furacada
hay doscientas libras de oro,
so una piedra labrada

Bicliografia: Tesoros, ayalgas y chalgueiros. La fiebre del oro en Asturias. De Jesús Suárez López.
                      El gran libro de la Mitología Asturiana. Xuan Xose Sanchez Vicente, Xesús Cañedo Válle. 

jueves, 7 de marzo de 2013

Vestuario Medieval.

Uno de los apartados más interesantes de la tercera edición de Aquelarre es el dedicado al equipo. Hasta la presente edición de Nosolorol el Aquelarre adolecía de una lista de equipo que pudiera considerarse como tal. Especialmente en el apartado de armas y armaduras las cosas dejaban bastante que desear. Todo ello, como digo, ha sido solucionado satisfactoriamente en la nueva edición.

 Dicho esto y con animo de aportar mi granito de arena me he decidido a colgar las siguientes fotos sobre vestuario medieval que tome este año durante una interesantísima visita al castillo de Ponferrada.

Campesino

Cantero
Los dos miembros de la clase baja, vestidos, como debe ser, con colores pardos, poco llamativos. Atentos al gorro de paja del campesino y a la capucha (capirote de vestir, creo), como prenda a parte que lleva el cantero. No he podido dilucidar si en Asturias los campesinos de la época llevaban ya la clásica montera picona, (es ese sombreo tradicional asturiano acabado en punta, habitual a día de hoy en todos los vestidos de gaitero), solo he sacado en claro que era un gorro usado por los pastores y que a las puntas se les daba la vuelta de manera que cubrieran la cara si hacía mucho frío. El sombrero vaquiero, de lana y con ala ancha, era en realidad sombrero de Bejar, que adquirían en Castilla cuando por allá andaban para cubrirse del sol, usando en Asturias la susodicha montera picona. Lo dicho, no he podido rastrearlos más allá del siglo XVIII, con lo que me quedo con la duda de si ya los llevaban en la edad media o no. 
Y si, el fulano tras el cantero es el del Medieval Total War II. 

Noble
Un noble vestido de andar por casa y corte. Nada de armaduras, eso lo dejamos para cuando hay guerra. Si no me equivoco lleva un balandrán de colores poco llamativos, pero se nota que los bordados son de calidad. Esa especie de riñonera es el bolsillo de la época.
Dama 
Las mujeres tapadas de los pies a la cabeza. En alguna parte leí, creo que en el libro de J.H. Elliott sobre la España Imperial, que incluso entre las mujeres cristianas era costumbre cubrirse el rostro, debido a la influencia musulmana. La de la imagen se contenta con taparse el pelo.
Caballero Templario
Como no podía ser de otra manera en Ponferrada, un templario se encuentra haciendo guardia en una de las esquinas. La cruz que lleva sobre el habito me recuerda más a la de los caballeros de San Juan que a la del Temple, pero bueno... Se aprecia la cota de mallas y el bacinete con cubrenariz, que en la época del Aquelarre ya estaría un tanto desfasado. No hay que olvidar que la orden se deshizo en el 1312. 
Mercader
Un plebeyo con clase. También lleva bolsillo y un curioso sombrero sin alas. Creo que lleva unas botas de cuero de calidad. Pero no se aprecia muy bien en la foto (las hice con el movil, así que...)
Creo recordar que éste era un juglar...
Y por último, pero no por ello menos importante, el juglar o trovador. De este no digo nada porque en realidad no me acuerdo si era o no juglar y en la fotografía no se lee nada bien. Con eso de las ropas son de color rojo y el cinto parece dorado, no creo que fuera un simple juglar, parece más bien una persona pudiente. Bueno, sea lo que sea el hombre tiene estilo.

Y esto es todo. Espero que os parezca entretenido. 

Un saludo.